La historia detrás de las más grandes canciones

Domingos por la mañana

Son los domingos por la mañana esos rostros del tiempo que huelen a ropa limpia y a café tibio. Las calles parecen recién lavadas y el tiempo se regala una tregua. Ni siquiera la prisa lleva prisa.

Pero la historia, con sus ironías y vaivenes de humor, ha irrumpido descalza por la puerta más de una vez. Y así, la modorra ha saltado de la cama. Un domingo por la mañana, en 1941, el cielo de Pearl Harbor se llenó de aviones y la guerra se coló en el desayuno y en el lavado de cubiertas. Otro domingo, en el naciente 1905, miles de obreros marcharon por la mañana hacia el Palacio de Invierno de San Petersburgo y el llamado Domingo Sangriento abrió una grieta que cambiaría el rumbo de Rusia. Y un domingo temprano, en 1815, los cañones decidieron concluir una guerra cuando aún había rocío en el aire de Nueva Orleans.

De esa sustancia, la del domingo que parece adormilado e inofensivo, está hecha una canción que también irrumpió en el momento menos esperado.

Kris Kristofferson escribió Sunday “Mornin’ Comin’ Down” como el hombre que se ha levantado de la cama, ha bostezado sin arriesgar la quijada y empieza a echarle ojo a una ciudad muda tras un ventanal empañado. “Well, I woke up Sunday mornin’…”, canta la primera línea, y el mirón siente el peso del cuerpo en un día donde la vida se rehúsa a empezar otra vez.

A la par de su afición por componer canciones, Kris fue profesor de literatura y aprendió a volar helicópteros. Hijo de militar, alto, de barba espesa y voz grave, fue piloto del Ejército y trabajó para Petroleum Helicopters International. Más tarde, en Columbia Records, conoció a June Carter, a quien le encomendó pasar algunas de sus cintas y maquetas a su esposo Johnny Cash, una figura de inspiración para el barbón. Ella aceptó gustosa en cada ocasión en que éste le pidió ayuda. Las grabaciones viajaban, pero la escucha decisiva no llegaba.

Kris decidió entonces encargarse en persona. En un fin de semana que tuvo a la mano un helicóptero por su trabajo con la Guardia Nacional, alzó el vuelo y aterrizó en el jardín de Cash. Johnny recordaría la imagen de aquel intruso acercándose con una cinta en la mano. El corte entró por la puerta principal.

Ray Stevens había grabado ya una toma de la composición de Kristofferson, pero fue Cash, el capo ataviado de negro con el gesto menos dominguero en el mundo, quien lo elevó al plano eterno. En 1970 lo incluyó en su álbum The Johnny Cash Show y escaló hasta número uno del Billboard Country. En un planeta aturdido por los estruendos de Vietnam, el eco de la carrera espacial y el desmembramiento de The Beatles, una melodía acerca de una mañana apacible fue refugio.

“Fue la canción que me permitió dejar de trabajar para ganarme la vida”, confesó Kristofferson en 2013, en una entrevista para la National Public Radio.

Johnny murió un viernes, en 2003, y Kris se despidió un sábado, en 2024. Entre esas dos fechas pasaron dos décadas y cientos de domingos en los que el mundo se volvió digital, frágil y luego detenido en seco por una pandemia que hizo que todos se vistieran a diario como si fuese domingo.

Ninguno de los dos músicos escogió morir en el día de reposo por antonomasia. Y sin embargo, cada domingo por la mañana ambos vuelven a toparse en esta melodía, con dos cervezas en la mesa de la memoria.

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