
En Ann Arbor, Michigan, The Stooges chocaban con todo. Les veían desapegados, invasivos, corrosivos. Irritaban por presencia y acaso por convicción también. Cimbraban el entorno. Se metían en los huecos de la ciudad y los ensanchaban a empujones. Resultaban indescifrables porque jamás buscaron explicar algo con poesía: la calle, como era, y nada más. Ahí hacían vida y desde ahí hablaban, desbocados, anárquicos, al borde del acantilado.
Sus dos primeros trabajos, publicados por Elektra, casi no vendieron. El tercero, ya bien montado en una nueva década sin veranos amorosos, tomó otro cauce, aunque el mercado le siguió siendo esquivo. Sucede que en 1972, pese a su fama mordisqueada y su reputación vapuleada por varios cientos de allegados, Columbia les abrió la puerta, confiando en que esta vez se tomarían todo más en serio y serían unos capos más dóciles. A su merced quedaron los Olympic Studios londinenses.
The Beatles pertenecían ya al archivo. Pink Floyd estaba a un tris de deslumbrar con The Dark Side of the Moon y el soul y el glam se repartían casi toda la baraja en la radio. Ahí apareció Raw Power, con ocho canciones maníacas, incluidas dos un tanto más lentas por encargo, todas abrasivas, todas rabiosas.
Al frente de la cuadrilla estaba Iggy Pop, con veinticinco años cuando el disco salió a ventanilla en 1973. Fibroso, flaco, prematuramente exhausto de tanta erupción. Cabello desordenado, torso desnudo, pómulos tensos. Él mismo lo fijó en palabras: “Íbamos dando tumbos, no teníamos rumbo. Tocábamos mal. Dábamos asco”. Vagaba, consumía heroína y escribía algo cuando la mente recordaba para qué servía.
Las actuaciones de los Stooges no tenían forma ni horizonte. Eran noches apoteósicas o patéticas. Sin medianías. A menudo era más núcleos de disturbios que recitales.
La portada del álbum, fotografiada en julio de 1972 por un Mick Rock en estado de gracia -venía de tirarle a Lou Reed para su Transformer, fijó un recorte colosal. Un figurín andrógino descamisado con la mandíbula en descanso. Iluminación cálida, pantalones ceñidos a la cadera, sin escenario ni banda detrás. Solo el cuerpo huesudo de Iggy apeado al micrófono, con los labios oscuros. Ninguna mueca, ningún gruñido. En lugar de The Stooges ahora eran Iggy & The Stooges.
La guitarra, en poder de James Williamson, llenó todos los agujeros. Fue él quien describió el origen de “Gimme Danger” como algo doméstico: “Me quedaba sentado en mi habitación con una guitarra acústica, porque así no molestaba a los vecinos. Me gustaban mucho las cualidades tonales de la acústica. En fin, estaba probando cosas y de pronto aparecieron esos patrones y empecé a desarrollarla. Enlazar todo fue difícil, pero cuando finalmente encajó, fue inmediato: ya estaba la canción”.
Ron Asheton, antiguo guitarrista ahora encargado del bajo, aportó densidad, mientras su hermano Scott empujó a todo galope para no quedarse atrás, sin guía pero aporreando sin piedad la batería. Las ganancias de las entradas de los conciertos del grupo era lo único que separaba al mayor de los Asheton de vivir en la indigencia.
Se ha contado que Iggy, de niño, veía un programa en el que el conductor pedía a los niños enviar cartas, pero con una regla: no más de veinticinco palabras. La idea quedó flotando como una disciplina involuntaria. Décadas después, esa economía verbal reapareció en “Gimme Danger”, una letra de frases mínimas, órdenes secas y advertencias repetidas, sin estrofas extensas.
La producción de Raw Power en Londres fue encabezada por David Bowie, por aquellos ayeres en la cresta de la ola y en modo de preparación de Aladdin Sane. La misión no salió conforme lo previsto. La banda lo rechazó a discreción y aprovechó que el management estaba introduciéndolo en Estados Unidos. Así, la supervisión fue escasa y el portentoso creador de Ziggy Stardust, si acaso, metió mano en el proceso de mezcla con tan poco esmero que, paradójicamente, potenció la suciedad anhelada por los Stooges. Eso es notorio en uno de los cortes más logrados de aquel tercer disco, “Gimme Danger”, una balada falsa, bella, áspera.
Los ejecutivos del sello, con Bowie como aliado a medias y cierta prisa por reinstalar al grupo en un sitio donde en realidad jamás estuvo, apostaron todo a domesticar a unas hienas del rock en medio de una década imposible. Los ocho capítulos del álbum confirman que no lo lograron.
Por fortuna.
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