
La canción más explícita en la historia del blues fue concebida para sonar, como algunas otras, mientras corrían encerronas febriles carentes de pudor y tabúes.
En la década inmediata a la Gran Depresión, el blues también servía para eso. Acompañaba fiestas clandestinas de adultos en el sur rural de Estados Unidos donde el lenguaje sexual explícito animaba la convivencia. Alcohol servido en cualquier tipo de recipiente a la mano, risas que subían de volumen, cuerpos alérgicos al espacio vital y música con lírica lasciva pensada para habitaciones cerradas, sitios nocturnos y reuniones sin censura. Ahí retumbaba “Shave ’Em Dry” en voz de Lucille Bogan, la matrona del dirty blues, un subgénero que llevaba los tonos picantes al extremo.
Las fiestas tenían lugar y temperatura. Galpones del Delta del Mississippi con el piso pegajoso y focos desnudos o mal puestos colgando del techo; salas en Memphis donde los presentes empujaban las sillas contra las paredes de las casas para abrir espacio y apartamentos atesados de humo, con vecinos fogosos que entraban a escena dejando unas cuantas monedas en el recibidor o en las mesas. Así pues, los espacios se volvían escenarios de noches apretadas, botellas abiertas y gente que sabía a qué iba, sin explicar nada.
Ese repertorio circulaba como party records: grabaciones con destino claro y público conocido. El musicólogo Paul Oliver lo explicó en su libro Blues Fell This Morning: “Esas canciones nunca fueron pensadas para un lanzamiento comercial, sino como parte de una tradición adulta de entretenimiento privado”.
En 1935, Lucille esculpió dos versiones de “Shave ’Em Dry”. Una cargada de insinuaciones pero aún dentro de los perímetros de la radio, otra cien por ciento explícita, sin eufemismos y destinada a los circuitos íntimos. La decisión fue práctica: expresar según el universo pactado. En fiestas, cabarets e instalaciones alquiladas por noche, la franqueza surcaba los aires sin límites. Y el blues, sucio y crudo, calentaba todo.
“Shave ’Em Dry”, con esa línea inaugural que hablaba de pezones y tetas, integraba un repertorio donde otras piezas como “Till the Cows Come Home”, “B.D. Woman’s Blues” y “Coffee Grindin’ Blues” explotaban también el sexo frontal y el humor sin coartadas. Y Lucille reinaba en esos territorios.
La versión más explícita incluye un intercambio sin rodeos. Bogan lleva la batuta y la voz masculina, atribuida por muchos al pianista Walter Roland, contesta. Y en plena complicidad, irrumpe una risa que pareciera sugerir un cosquilleo en un lugar prohibido.
“Lo que impacta al oyente moderno no es la explicitud en sí, sino nuestra distancia del contexto social en el que estas canciones eran normales”, opinó Elijah Wald, autor de Escaping the Delta.
Hay un eje que incomoda más que la letra: la voz femenina. Muchas de las canciones sexuales más directas del blues primigenio fueron cantadas por mujeres valientes. Lucille no fue una artista marginal en su época, lo fue después, cuando el blues candente fue domesticado y la narrativa privilegió al hombre errante y melancólico. La nostalgia acabó sepultando a la carne.
Las ironías de la historia permitieron que en el blues confluyeran dos Lucilles sin tocarse directamente. B.B. King bautizó así a su guitarra tras un incendio derivado de una pelea por una mujer llamada Lucille. Y Bogan, la otra Lucille, la que cantaba sin barniz ni flores o perfumes, grabó en 1930 “Black Angel Blues”, de la que King desprendió su “Sweet Little Angel”.
Una Lucille nació del fuego; la otra, del cuerpo. Eso sí: ambas recuerdan que el blues casi siempre se hereda y cobra algo a cambio.
“A big sow gets fat from eatin’ corn, and a pig gets fat from suckin’, reason you see this whore, fat like I am, great God I got fat from fuckin’!”
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