La historia detrás de las más grandes canciones

Sucedió en Bélgica

Bélgica abrió los periódicos en aquella mañana de octubre de 2002 con la muerte de un adolescente vinculada a una práctica de asfixia que entonces circulaba entre jóvenes europeos. Sucedió en la industrial y estudiantil Lieja y el caso activó reportajes, advertencias institucionales y alertas en entornos escolares. En paralelo, una canción giraba en radios y clubes a nivel nacional con un título que parecía enredarse con la nota: “Hands Around my Throat”.

La pieza que de pronto acaparó titulares por motivos ajenos a la promoción musical formaba parte de Scorpio Rising, cuarto álbum de Death in Vegas, una apuesta estética de tensión erótica y espirales electrónicas.

Desde Detroit, la cantante invitada del grupo inglés, Nicola Kuperus, aportaba una voz geométrica, distante, fría y casi clínica sobre una alfombra de guitarras expansivas y la repetición sin tregua del título.

El debate en tierras belgas creció cuando se puso en órbita el clip codirigido por Richard Fearless, mente maestra de Death in Vegas, que protagonizó la actriz francesa Emmanuelle Seigner. Hacia el final del mismo había imágenes con gestos de estrangulamiento estilizado bajo un manto nocturno.

El 25 de octubre de 2002, la institución reguladora de contenidos televisivos en Francia envió una advertencia formal al canal musical MCM, equivalente local a la MTV, afirmando que el video de “Hands Around my Throat” podía ser percibido como una incitación al ahorcamiento en tan delicado contexto. El señalamiento resonó a tales niveles que quedó registrado en el informe anual del organismo.

Las publicaciones especializadas del firmamento musical eligieron palabras de alto voltaje y el concepto de asfixia autoerótica apareció impreso en reseñas y columnas, lo que consolidó una interpretación física del título.

“En Francia, en Inglaterra y en Bélgica existía un juego peligroso entre adolescentes: se apretaban la garganta para provocarse una especie de catarsis”, sentenció Fearless en un cara a cara con el medio francés Sound of Violence en 2011. “Hubo un fallecimiento en Bélgica y la prensa vinculó el título de nuestra canción con ese caso. Fue una coincidencia”.

Según el DJ, productor y multiinstrumentalista, buena parte de los medios decidieron leer el título como un ácido presagio y aplastar, con ello, cualquier figura retórica o metafórica del single que vio la luz en septiembre de 2002. Para la banda, en cambio, la composición pertenecía meramente a terrenos abstractos.

El megabailable sencillo fue un ensamblaje trasatlántico: Londres envió las piezas, Detroit las ordenó, Telex y Tortoise quedaron citados en la arquitectura. Los clubes europeos la pusieron en rotación constante y muchos sobre la pista jamás se enteraron de la polémica que brotó del título.

Mientras las redacciones formularon encabezados y los reguladores de contenidos firmaron informes, miles de jóvenes siguieron asaltando las pistas de baile, moviendo el esqueleto y acompañando la voz de Nicola Kuperus sin reparar en trasfondos ni detenerse a desmenuzar coincidencias.

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