La historia detrás de las más grandes canciones

‘Malena’ que canta el tango como ninguna otra

Se dijo alguna vez, cerca de lo que después sería el Puerto Madero, que una voz puede inventar una ciudad. Que basta un timbre que atraviese la noche de lado a lado y un curioso que sepa escuchar.

A Homero Manzi le ocurrió lejos de Buenos Aires. A fines de los años 30 viajó a Brasil. Diversos investigadores del tango, entre ellos José Gobello y Horacio Ferrer, coinciden en que, durante una estadía en Sao Paulo, Manzi se topó con una cantante argentina cuya interpretación lo dejó embelesado.

No existe acta del bar ni crónica detallada del lugar, pero se habla de un salón nocturno, mesas muy cercanas entre sí, luces bajas y ventiladores girando con parsimonia tropical. Más allá de lo documentado, aquella intrigante voz le acompañó y regresó con él a los aires de Buenos Aires. Fue remembranza insistente, una vibración que no halló reposo sino hasta que se volvió palabra.

Manzi era ya hombre fuerte del tango. Nacido en 1907 en Añatuya, se había formado en barrios bonaerenses como docente y periodista, a menudo combinando la poesía modernista con las estampas urbanas de entonces, esa metrópoli cosquilleada por tranvías eléctricos, marquesinas de teatro y cafés abiertos hasta la madrugada. Por eso, su tango no yacía encerrado solamente en el sentimiento; alzaba la mirada y capturaba imágenes, visiones, fotografías.

Cuando volvió de Brasil, buscó a su cómplice: Lucio Demare. Se conocían desde años antes, de las atmósferas artísticas porteñas y cinematográficas. Lejos de ser colaboradores de ocasión dependientes de las circunstancias, compartían una idea muy amplia del tango.

Esa voz de la argentina encaramada a la cabeza de Manzi en forma de memoria indeleble terminó derramada en unas líneas con nombre pero sin apellido. Como si el mérito la separara del resto del mundo: “Malena canta el tango como ninguna…

La protagonista y motivo de veneración no era una mujer concreta, sino una manera de cantar, una herida que podía ser escuchada: “Malena tiene pena de bandoneón”.

La música de Lucio fue arrullo y contención para la lírica, sin brusquedades ni arranques a todo galope. “La música de ‘Malena’ la hice en no más de quince minutos. Manzi me había entregado los versos unos diez días atrás”, compartió el pianista de oficio.

En 1942, Aníbal Troilo fue elegido para registrar el tango con su orquesta y con la voz de Francisco Fiorentino, un cantor de la suavidad que dejó pasillos libres para que las vocales no saturaran. Fiorentino fue íntimo y personal. Recitó con entonación de confidencia, sin aspavientos.

La pregunta que siempre anida en el relato de aquel tango es… ¿Quién fue Malena? Y la hipótesis más repetida señala a Nelly Omar, amante de la canción criolla y el folclor rioplatense que en diversas entrevistas admitió que Manzi la había oído en Brasil, aunque nunca confirmó ser la musa.

Algunas crónicas posteriores agregan una dimensión más íntima. Entre Manzi y Nelly Omar existió un vínculo afectivo intenso, hecho de encuentros subrepticios y de una complicidad que excedía el escenario. Omar sostuvo en entrevistas que el poeta le había confiado que ella era su Malena. La leyenda escurre entonces: un poeta casado, una cancionera de voz grave, un romance sin nido ni amparo, alojado en esos versos eternamente, acaso el único lugar donde ciertos amantes logran permanencia.

Otros vigías de la historia hablan de Malena de Toledo, una cantante activa en Brasil vinculada a la orquesta del uruguayo Héctor Gentile, cuya voz Manzi habría escuchado en una gira. También se cita a Azucena Maizani y hasta a una corista del Maipo. Cada una aporta un rostro distinto a las capas del enigma.

Por encima de conjeturas, “Malena” pertenece a la noche que la vio nacer. Si una voz puede inventar una ciudad, esta lo hizo y quedó suspendida entre el puerto y los cafés, entre el bandoneón y la garganta.

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