
“Yo que perdí mis manos en Jerez y mis ojos en Roma. Crecí y el descaro lo aprendí, por ahí por Barcelona…”
Noviembre de 2025. Con treinta y tres otoños y ya en plan de diva trasatlántica, Rosalía lanza LUX, una expedición espiritual con una tripulación creativa de primera línea para lograr un maridaje terrenal y divino cuya base no tarda en develar la nacida en la municipalidad de Sant Esteve Sesrovires: “La inspiración del álbum es la mística femenina”.
Tras las vibraciones del fragmentario Motomami, Rosalía Vila Tobella se ve distinta. Cabello oscuro cruzado por una luz trazada intencionalmente, como si la claridad conceptual del proyecto hubiese bajado a posarse sobre ella.
Tras tres años de gestación, uno entero dedicado solo a las letras, emerge “Reliquia”, uno de los bastiones del álbum, destacado por la artista ante Cadena SER: “Me parece muy interesante el momento, las reliquias… este fenómeno de tener tus reliquias esparcidas por el mundo… algo que puede pasar con muchas santas. Santa Rosa de Lima, por ejemplo (…) Hay inspiración en ellas… y concretamente en Santa Rosa de Lima. Por lo visto, sus reliquias están por ahí, alrededor del mundo… la idea de que tus restos, partes de ti, las puedas ir dejando por ahí… como las canciones, como los momentos, como cuando uno se comparte con alguien”.
En el Barroco, entre finales del siglo XVI y el XVII, la geografía espiritual se delineaba con fragmentos. Europa y América se llenaron de relicarios dorados y urnas de cristal donde un resto humano alcanzaba proporciones desmesuradas. Cada partícula fundaba comunidad, encendía procesiones, organizaba multitudes alrededor de un latido invisible.
Rosalía se sumerge en la vida de Santa Rosa de Lima, nacida en la capital del Virreinato del Perú en 1586 y fallecida treinta y un años después. Mística dominica, poeta de fervores intensos y disciplina radical. Tras su muerte, partes de su cuerpo y objetos asociados a ella se conservaron como reliquias. Su cráneo permanece custodiado en la Basílica de Santo Domingo en Lima, mientras otros restos se dispersaron por distintos territorios del mundo hispánico.
En “Reliquia”, esta lógica es sometida a una actualización. Las ciudades del verso inicial, Jerez, Roma, Barcelona, funcionan como santuarios. Manos, ojos, descaro, partes simbólicas repartidas en el mapa. La catalana que alguna vez encarnó la nueva promesa del flamenco se manda su propia cartografía barroca. Cada experiencia vivida en sus escalas se convierte en fragmento, en relicario portátil.
Muy lejos de la arrolladora tapa de Motomami, donde posó desnuda con casco de motociclista, la portada de LUX muestra a Rosalía envuelta en el blanco del hábito y el velo, con ojos cerrados, labios dorados y brazos cruzados bajo la tela, evocando una aparente tensión contenida —algunos medios vieron una silueta cercana a la camisa de fuerza— y una ambigüedad extraída de la pureza y el encierro, la mística y el deseo.
Una obra sin objetos únicos, una resurrección manifestada en un cuerpo distribuido. El álbum más barroco del siglo, a la espera de una gira monumental en la que, al son de “Reliquia”, cada devotísimo en cada anfiteatro se quede con un pedazo de su diva. Esa mujerona que tiempo atrás superó el mal querer y dice “No soy una santa, pero estoy blessed…”
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