
Un niño se arrodillaba en el jardín y abría la tierra con los dedos. Rascaba, escarbaba. Era un pequeño explorador que creía que el mundo se acababa en la esquina del vecindario y que bastaba un túnel para atravesarlo. Las ventanas encendidas de los vecinos parecían galaxias lejanas, pero alcanzables. La conquista era una decisión.
Ese niño crecería hasta el metro y noventa y tres. Ese niño sería el grandulón Win Butler. Y esa obstinación, muy suya, terminaría sintetizándose en “Neighborhood #1 (Tunnels)”, la primera puerta de Funeral, la placa de presentación de Arcade Fire.
En 2004, durante el ciclo inicial de promoción del disco, Win le compartió a Pitchfork: “La canción es sobre desear escapar, sobre querer cavar un túnel e irte con la persona que amas”.
En los albores de los dos mil, Butler entró a una galería en Montreal y escuchó a la joven Régine Chassagne cantar jazz con una intensidad inusual. Él estudiaba teología, ella repartía las horas entre lienzos y acordes. La energía que compartieron fue el flechazo. Un acontecimiento. Y desde entonces, escarbar dejó de ser un impulso solitario y se transformó en pacto donde cupieron varias preguntas: ¿Y si la nieve sepulta el vecindario? ¿Y si los padres lloran? ¿Y si llegó el momento de cavar un túnel para conectar dos puntos?
La grabación conserva la tónica doméstica. Butler registró la guitarra del sencillo a solas, con audífonos, convencido de que había logrado algo enorme. Después descubrió que el micrófono de la guitarra nunca estuvo encendido; el único que grababa era el vocal, al otro lado del cuarto. “Si lo escuchas con atención, suena loco, como un disco roto”, recordó el líder del colectivo.
“Neighborhood #1 (Tunnels)” va creciendo igual que ese túnel imaginado en la infancia, desde una guitarra arpegiada que abre el sendero y un piano que afianza el armazón hasta un violín etéreo y un acordeón envolvente que amplían el corredor, todo abrazado por un vendaval coral sobrecogedor.
Marca de su tiempo, el disco grabado en el Hotel2Tango se llamó así porque durante su gestación varios familiares del septeto fallecieron. Si bien el duelo y la congoja aturdieron las sesiones, el rock respondió con épica.
En los conciertos de la banda que emergió como faro del indie rock, miles han atravesado el estribillo y han hecho de aquel pasadizo imaginado por Win algo real. El niño que pensaba que el mundo cabía en una calle sostiene una guitarra frente a multitudes que cantan al unísono las estrofas del vecindario.
Antes de los estadios rugientes en honor a Arcade Fire hubo un jardín apacible y un chiquillo arrodillado, metiendo los dedos en la tierra. Abriendo el césped, alistando el escape.
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