
La señal salía desde Belgrado, a diario, a las 9:55 de la noche.
En 1941, la emisora alemana Soldatensender Belgrad concluía su transmisión con una sola melodía, sin excepción. La inusitada potencia de su antena traspasaba las líneas de combate y hacía viajar la señal al norte de África, los Balcanes, el frente oriental e incluso los mares donde avanzaban sigilosos los submarinos, siendo recibida en radios de soldados alemanes, pero también en aparatos aliados que sintonizaban frecuencias del enemigo por rutina.
La canción que no reconocía límites de uniformes ni banderas se llamaba “Lili Marleen”. Su nombre procedía de un poema escrito en 1915 por el soldado alemán Hans Leip, quien antes de partir al frente ruso combinó los nombres de dos mujeres de su vida: Lili (Betty), hija de unos verduleros vecinos, y Marleen, una enfermera de abolengo con quien sostuvo un breve romance. Al borrar la identidad concreta, el poema selló la imagen de una mujer bajo una farola, esperando. La abstracción permitió que cada oyente colocara ahí su propia despedida.
La primera voz que llevó el poema al disco fue la de Lale Andersen, una artista de segunda línea que lo grabó en 1939 sin desatar mayor eco. Fue la radio, y no una estrategia, la que impulsó a la canción en 1941, cuando Radio Belgrado la proyectó sin distinción sobre todos los frentes.
Un testimonio anónimo recogido años después por la BBC señaló: “Era la única composición que ambos lados de la guerra conocían de memoria”.
Para Joseph Goebbels, meticuloso ministro de Propaganda del Tercer Reich, “Lili Marleen” se convirtió en una canción hermosa y peligrosa. Activaba la nostalgia, elevaba la moral de la tropa y, al mismo tiempo, escapaba al cálculo ideológico, con el riesgo permanente de volverse contra quien intentara apropiársela. Goebbels entendió el problema y buscó una solución simbólica. Llamó a Marlene Dietrich, la alemana más célebre de su tiempo, exiliada en Estados Unidos desde 1930, y le ofreció regresar a su país con honores y contratos privilegiados. El objetivo era claro: reclamar la canción a través de la voz y convertirla en emblema del Reich.
Los intentos de Goebbels fueron varios, y todos colisionaron con la negativa de Dietrich, quien en 1939 adoptó la ciudadanía estadounidense, cerrando la puerta ante cualquier ofrecimiento nazi.
En 1944, Marlene decidió grabar su versión en alemán y en inglés de “Lili Marleen” para alentar a las fuerzas aliadas, con lo cual los temores de Goebbels se hicieron realidad. La pieza más escuchada por los efectivos del nacionalsocialismo sonó ahora desde el otro lado del frente.
“La canté para los jóvenes que estaban lejos de casa. La canción les pertenecía a ellos, no a Hitler”, dijo Dietrich en defensa de un argumento humano, por encima de cualquier lealtad de corte político.
La respuesta del paladín de la propaganda nazi fue borrar a la cantante del lienzo cultural alemán y ordenar el retiro inmediato de sus películas, acusándola de traidora.
Dietrich conservó la templanza y viajó a los campos de batalla, actuó en hospitales de campaña, alzó su voz seductora ante soldados heridos y convirtió cada interpretación en una reafirmación de su decisión: “Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Elegí mi bando”.
Andrógina y elegante, Marlene se apropió de una canción de mecha alemana, arrebatándosela sin miramientos a la propaganda. La melodía que a diario cerraba la jornada de los que vestían uniforme encontró su despliegue más glorioso en su voz grave, dirigida a quienes peleaban contra Hitler.
Hans Leip creó “Lili Marleen” en 1915, sobrevivió a dos guerras mundiales y falleció en 1983, después de ver su poema convertido en música sin par, estrujando a miles de soldados que se disparaban entre sí, en medio del infierno.
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