La historia detrás de las más grandes canciones

‘Hallowed Be Thy Name’ y la bestia en el patíbulo

Kerrang!, The Guardian, Louder Sound, Loudwire. Apenas cuatro de varios sitios y revistas donde los listados sobre las mejores composiciones de Iron Maiden colocan en la cima al corte que clausura The Number of the Beast, álbum de 1982.

Ese título alimentado por un fragmento del Padre Nuestro, una oración que ahora, en voz de Bruce Dickinson, se coloca frente al patíbulo, es “Hallowed Be Thy Name”.

El veredicto aparece también en una consulta lanzada por la propia pandilla capitaneada por Steve Harris para elegir su canción más emblemática. El resultado coincide. Dickinson le dice a la revista francesa Enfer: “Creemos que ‘Hallowed Be Thy Name’ es la mejor canción de Iron Maiden. Musicalmente, representa el punto de inflexión en la trayectoria del grupo”.

1982 es un laboratorio burbujeante para el metal pesado. Judas Priest pone en circulación Screaming for Vengeance. Con Ronnie James Dio como frontman, Black Sabbath lanza Mob Rules, mientras Ozzy Osbourne se vuelve trotamundos solista tras su polémico Diary of a Madman. La muerte de Randy Rhoads sorprende al planeta y Metallica, como un animal flaco y hambriento, sube por primera vez a un escenario en Anaheim.

The Number of the Beast se posa en el número uno del Reino Unido, y al mismo tiempo, es colocado al centro de una ofensiva moral en Estados Unidos: púlpitos en guardia, protestas frente a las tiendas, vinilos calcinados. El grupo británico es acusado de invocar sombras y abrir las puertas del infierno.

Sin tiempo para disculparse, Iron Maiden sigue avanzando a sabiendas de que la portada de su nuevo disco está desquiciando a miles de padres, pastores, comentaristas y sus churumbeles: Eddie, la mascota eterna del colectivo, aparece como titiritero, dominando al diablo, que a su vez mueve a otro Eddie más pequeño. Y así sucesivamente.

Ese mismo año, Harris y compañía hacen de los escenarios su mejor respuesta. The Beast on the Road Tour hace escala en localidades inglesas, Europa continental, Japón y Estados Unidos, con más de cien recitales en pocos meses. Anfiteatros, arenas medianas y pabellones abarrotados noche tras noche, una fraternidad de melenudos reunida por el estruendo. El grupo presenta el disco completo y hace de los señalamientos moralinos su combustible entre las luces.

En esos días, la prensa australiana salpimenta el ambiente con morbo. La revista Timespan consigna la cadena de incidentes de la grabación de la bestia: el stack de bajo de Steve Harris revienta, los amplificadores de Dave Murray fallan y el productor Martin Birch sufre un accidente automovilístico justo antes de entrar a la fase de mezcla. El apunte final es la ironía pura con la que el mito se espesa: una de las reparaciones arroja una factura exacta de 666.66 libras.

Entre tanto barullo, “Hallowed Be Thy Name” destaca como ese corte de la plegaria en boca de un condenado a muerte para el que las arenas del tiempo se han acabado sin vacilación. “Trata de un hombre que está a punto de ser ejecutado y reflexiona acerca de su vida”, explica Harris. “Fue una de las primeras veces que intenté contar una historia completa dentro de una canción”.

Para rubricar el sombrío episodio, la voz de Dickinson es más encarnación que interpretación. “No se trata solo de cantar, se trata de actuar. Al final ya no hay miedo; hay aceptación”.

En 2018, sale a la luz que algunas líneas proceden de “Life’s Shadow”, tema setentero de los británicos Beckett cuyo texto reflexiona sobre la cercanía de la muerte, aun sin patíbulo ni sentencia. El reclamo se vuelve público y el caso se cierra en 2019 con una compensación millonaria y el ajuste de créditos en ediciones posteriores de The Number of the Beast. Así, un clásico imperecedero sobre la sentencia de un desdichado regresa, treinta y seis años después, al juicio del tiempo.

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