
No es que Bob Marley supiera qué día moriría. Lo que sí sabía es que ese cáncer subrepticio e insidioso se había esparcido y que la decisión de no amputar había cerrado la última puerta a la medicina.
Desde 1977 vivía con una forma agresiva de cáncer de piel que suele aparecer en zonas del cuerpo donde casi nadie dirige la mirada ni concentra la inquietud. En el caso del jamaicano nacido en la aldea de Nine Mile, el melanoma inició agazapado, oculto bajo la uña del dedo gordo de su pie derecho.
Más de una vez Marley se opuso a la amputación y la enfermedad continuó su camino, implacable y sordo a cualquier objeción humana.
Para 1980, cuando registró su último gesto de estudio, llamado “Redemption Song”, el enemigo ya había colonizado ganglios linfáticos, pulmones, hígado y cerebro. Sin calendario marcado ni lugar previsto, Bob embalsamó a su propio verdugo.
Ese año en que la muerte lo acechaba sin decidirse del todo, Marley decidió despojarse del andamiaje del reggae y sonar distinto. Sin bajo, batería ni coros en los cuales recostar su voz, se colgó la guitarra acústica y cantó a solas el tema de la liberación, destinado a ser el cierre del álbum Uprising, su último en vida.
De esa entrega, entrañable y conmovedora, el verso más citado emana de un discurso pronunciado en 1937 por Marcus Garvey, cabecilla panafricanista de Jamaica que se dirigía a comunidades afrodescendientes formalmente libres, pero aún cautivas en sistemas coloniales de férrea jerarquía racial.
Encarcelado, liberado, deportado de Estados Unidos y desplazado del centro del poder político a los cuarenta y nueve años, Garvey alzó la voz al caer el sol en Sydney, Nueva Escocia, Canadá, para manifestar su mayor convicción: la esclavitud más persistente no era física, sino mental, y nadie era capaz de liberar la mente de otro individuo. “La mente es tu único gobernante, soberano. El hombre que no es capaz de desarrollarse y usar su mente está obligado a ser el esclavo del otro hombre que usa su mente”, lanzó Marcus ante la multitud.
Marley se apropió de la proclama y la hizo viajar en el tiempo y el espacio hasta la habitación en la que dormía con el pie destapado y maltrecho. Y cantó: “Emancipate yourselves from mental slavery, none but ourselves can free our minds…”
Fue un legado, un sello, la firma de un rastafari ya avisado por la muerte que no se empecinó en arengar por última vez a una masa oprimida en medio de un mitin, sino en recitar unos pocos versos llenos de certeza para sus muy amados y para otros que quisieran escucharlo.
Aquella pieza acústica cuyo desnudo parcial fue arrebatador dejó de pertenecer a Bob muy pronto. “Redemption Song” pasó de cantaleta íntima a herencia compartida cuando una cuadrilla de consagrados comprendió que ciertas verdades deben prevalecer y nunca desaparecer. Johnny Cash, Joe Strummer, Chris Cornell y algunos otros cuidaron de la canción.
Marley murió en un hospital de Miami el 11 de mayo de 1981, a los treinta y seis años, muy lejos de Jamaica y de los escenarios donde ensanchó su sonrisa y agitó sus rastas, después de probar sin éxito un último tratamiento en Europa. “Redemption Song” quedó como su última palabra grabada.
Como lo explican algunos médicos: no fue el cáncer del pie lo que lo mató. Fue el cáncer que escapó del pie.
“Won’t you help to sing these songs of freedom? ‘Cause all I ever have… redemption songs?“
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