
El punto de partida es Bayreuth, una pequeña ciudad bávara de colinas verdes cuya vibración gira alrededor de un nombre: Richard Wagner.
Ahí está el Festspielhaus, un teatro diseñado por el autor de “Die Walküre” (“La cabalgata de las valquirias”) para escuchar sus propias piezas en un espacio donde la duración, la acústica y la concentración fueran parte de la obra. El recinto adornado por una sala en forma de abanico fue concebido para un solo propósito: que la música flotara sin obstáculos, con la orquesta oculta a la vista y el público sumergido en una experiencia ceremonial.
Obsesivo, irritable y volcánico, Wagner siempre quiso que la música manifestara sus reglas y que el tiempo jamás se fragmentara. Ni el joven ni el anciano sucumbieron a nuevas tentaciones. Hasta sus últimas óperas, la duración fue tan relevante como la armonía. En 1882, poco antes de morir, el teutón se despidió con “Parsifal”, una partitura escrita para el tiempo largo y la tensión sostenida. Por supuesto, fue estrenada en Bayreuth.
Varias décadas después, Klaus Schulze, otrora baterista de Tangerine Dream que en sus inicios se fogueó más en el golpeo físico que en la transformación de lo convencional en polvo abstracto, regresó mentalmente a ese sitio con “Bayreuth Return”, una odisea de treinta minutos fabricada como un solo movimiento.
Ya muy tarde, en la noche del 3 de junio de 1975, Schulze se citó con la historia para mirarse de frente. Aguardó a que el sol berlinés se esfumara y que las estrellas tomaran asiento. Entró en su recámara, miró cada resquicio como un sensor capaz de detectar si un insecto estornuda y tomó asiento. Entonces, grabó en vivo “Bayreuth Return”, apoyado en un Synthanorma, un secuenciador analógico de dieciséis canales.
La criatura resultante no tuvo edición ni retoque como tampoco había tenido preconfiguraciones. La epifanía se tradujo en una invención en tiempo real destinada a ser el lado principal de un disco de dos piezas, bautizado como Timewind. El recuerdo de Klaus fue casi fotográfico: “Tal vez debería mencionar que grabé la cara A larga en directo en mi estudio casero, en mi recámara, en cinta de dos pistas, entre las diez de la noche y la medianoche”.
Aquello sucedió en un país con aromas de posguerra tardía, tecnología en expansión y una identidad local en reconstrucción. Ahí se insertó un tallo electrónico etiquetado como música cósmica, sembrado para evocar el pasado y empezar a sonar a futuro.
Eternamente inquieto, Schulze comenzó a distanciarse de la industria que exigía creaciones comestibles. Hacia 1977, se internó en Hambühren, una tierra de pinos, abedules y silencios ideal para edificar un nuevo estudio. Dos años después, adoptó el seudónimo “Richard Wahnfried” como tributo al hombre fallecido casi cien años antes. Su nuevo apellido empató con la casa de Wagner en Bayreuth y con sus respectivos trasfondos: “Wahn” entendido como delirio y “Fried” como reposo.
El punto de cierre vuelve a Bayreuth, donde Wagner cerró su obra y Schulze acomodó su idea. Con la muerte de ambos, el viejo Festspielhaus quedó huérfano, con la sala en forma de abanico alojando una pregunta que ninguno de los dos dejó respondida: ¿qué ocurre cuando los obsesivos de la permanencia ya no están?
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