
Ese himno, de nombre “Epitaph”, nació durante una tragedia que se había vuelto la costumbre más desoladora. Para 1969, Vietnam ya no era un titular excepcional y, sin embargo, 543,000 soldados estadounidenses desplegados condensaban la cifra más alta en los catorce años de guerra.
Las imágenes del conflicto donde proliferaron las emboscadas, los ataques relámpago en la selva y las retiradas inmediatas, entraban por la televisión cual si fuesen ondas aromáticas del café mañanero. Solo que olían a muerte. Nadie las buscaba ni podía evitarlas. Ese último año de la década se habló mucho de una supuesta retirada, pero la guerra siguió ahí, lacerando, aferrada a los chicos de uno y otro bando, escondida en la maleza, entre la jungla espesa y los arrozales anegados, empachándose de sangre.
Pronto, y en plena convulsión en aquel lugar del Sudeste Asiático, “Epitaph” se instaló como uno de los ejes capitales del disco In the Court of the Crimson King, con el que King Crimson debutó.
El mellotron del multiinstrumentalista Ian McDonald hizo que miles de oídos se llenaran con un sonido expansivo que acabó siendo la forma en que los británicos se presentaron como banda, esos mismos que pocos meses atrás habían sido los teloneros de The Rolling Stones en Hyde Park.
El corte descansó en la voz limpia y angelical de Greg Lake, el joven de veintiún años originario de Poole, una localidad con el mar cerca y los estruendos lejos. Ese costeño talentoso, capaz de cantar relatos complejos con serenidad y dicción inmaculadas, describió el tema así: “‘Epitaph’ fue básicamente una pieza que hablaba de mirar con cierto pasmo a un mundo que parecía haber enloquecido. Los Crimson teníamos una extraña capacidad para escribir del futuro de manera profética, y creo que los mensajes de este tema resultan incluso más pertinentes en la actualidad que cuando fueron escritos”.
Aquella entrega surgió, pues, de una banda que parecía haberse fundado con las costuras bien apretadas. Robert Fripp no desperdiciaba movimientos con la guitarra; Michael Giles sostenía la batería con una elegancia casi invisible; y Peter Sinfield ordenaba el cosmos con letras sin esfuerzo. En suma, King Crimson registró su tiempo con atención y forma, y en ese gesto la canción del epitafio halló un lugar central.
“Casi siempre me inclino por el primer álbum, tengo que decirlo sin vergüenza, y pienso que la mejor canción de ese álbum es ‘Epitaph’. Es mi pista favorita y, desde mi perspectiva, es la mejor interpretación de Greg Lake”, sentenció McDonald en Artist Shop.
Aún faltaban seis años para que Vietnam dejara de retumbar. Aún faltaban dos para que aquel King Crimson seminal se dispersara y cinco para que Fripp optara por disolver la banda tras la edición del disco Red.
Pero por ahora, en ese comienzo, todo estaba abierto. La guerra, la música, el grupo que colocó los armazones del rock progresivo.
La inolvidable portada de aquella placa fundacional, diseñada por el ilustrador Barry Godber, terminó expresando en una imagen lo mismo que las batallas en los pantanos: un rostro con los ojos desorbitados, mirando a cualquier lado, atrapado en la desesperación, sin salida, con la angustia llevada hasta el límite en que la carne parece abrirse.
En la doliente Vietnam, la selva, la maleza y el agua verdosa cerraban cualquier fuga; en ese grito expuesto en la estrujante tapa del álbum, la reclusión era mental. A muchos soldados se les rompió la vida, el futuro y la carne. Esa cara de la corte del rey carmesí lo dejó dicho antes de que la historia se atreviera a cerrarse.
Opina en Radiolaria