
Cuando “Initials B.B.” toma forma, Serge Gainsbourg ya se ha metido en otra historia. Comparte días, copas de vino y cama con Jane Birkin. Y aún así, el narigón, cínico y casanova, canta a la mujer con la que ha terminado un romance medio clandestino. Insaciable, no espera demasiado a que las semanas se ordenen. Más por impulso que por agenda, el francés que se inició en la chanson se posa en el cruce donde el cuerpo está en un sitio y la mente en otra recámara.
“Initials B.B.” aparece en 1968, en el punto exacto en que Brigitte Bardot ya es parte del pasado inmediato y Jane Birkin empieza a ocupar los amaneceres cotidianos con besos húmedos y espaldas desnudas. Recitando cada verso, Gainsbourg parece incapaz de aceptar la zozobra y clausurar la historia con la rubia para entregarse por completo a su nueva conquista.
La canción llega antes del escándalo mundial de “Je t’aime… moi non plus”, grabada en secreto con Bardot en 1967 y publicada dos años después con Birkin, ya con gemidos y censura de El Vaticano (“El Papa ha sido mi mejor publicista”) como sellos distintivos. “Initials B.B.” se posa en ese momento intermedio.
Valga la paradoja, las iniciales consuman el descaro a discreción. Embebido por el deseo, Gainsbourg ofrece en dos letras una distancia civilizada calculada y sin pudor, sabedor de que abreviar a su ex intensifica y que acotarla invoca por y para siempre. No acaba de irse. Canta a la mujer convertida en emblema mientras otra, más joven, comparte el almuerzo con él.
En el centro de los líricos, Serge deja registros íntimos de uno que otro hábito de la magnética Brigitte y hasta rastros de un perfume que ya es sinécdoque de sensualidad francesa: “Elle est bottée, et c’est comme un calice a sa beauté, elle ne porte rien d’autre qu’un peu d’essence de Guerlain dans les cheveux” (“Hasta los muslos, ella lleva botas, y eso es como un cáliz para su belleza; no lleva nada más que un poco de esencia de Guerlain en el cabello…”)
En el fondo resuena un coro femenino que actúa como cama armónica. No se piense mal: Gainsbourg no se acuesta ahí ni posee vínculo alguno con las coristas elegidas: Madeline Bell, Doris Troy y Barry St. John. Las voces están a salvo de sus manos de encantador. Ellas solo aderezan la atmósfera y construyen un colchón perfecto para una obsesión que venera otra piel, esa que termina con la mención a Almería, la ciudad del sureste andaluz donde la modelo rodó en 1967 el filme Shalako y donde, algunos aseguran, decidió poner fin a la relación con el parisino.
La portada del disco Initials B.B. de 1968 muestra a Gainsbourg caricaturizado en blanco y negro, meditabundo y sosteniéndose la barbilla, como si le dedicara pensamientos de alto octanaje a algo o a alguien. La tapa del libro autobiográfico de Brigitte, Initiales B.B., publicado en 1996, exhibe a la francesa de joven, en el verano de su vida, con un suéter azul y mallas oscuras. Cuerpo completo y sus iniciales gigantes. Dos portadas, dos obras compartiendo un mismo título, como propuesta y respuesta que sella un idilio sesentero que buscó germinar cuando en realidad no había espacio.
En los tres minutos y medio que dura, la canción provoca una reacción extraña: la única mujer con derecho a desmentirla acabó adoptándola. Bardot la rubricó en papel con una frase que enmarca más profundidad que lógica: “La plus belle déclaration d’amour qu’un homme m’ait jamais faite” (“La más hermosa declaración de amor que un hombre me haya hecho jamás”).
En 1968, Serge deja abierta esa rendija con su voz de gígolo incorregible y analfabeta del olvido, cuando la carne ya no puede desahogarse, pero la música sí. Veintiocho años después, cuando Gainsbourg lleva ya cinco años muerto, Brigitte aparece en forma de páginas, se acerca y se asoma por esa rendija. Y sonríe.
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