La historia detrás de las más grandes canciones

El Old 97 y setenta y ocho revoluciones por minuto

Le dieron la orden, él la acató y el tiempo empezó a correr más aprisa rumbo a la curva pronunciada antes del puente Stillhouse Trestle, a las afueras de Danville, Virginia.

En 1903, la puntualidad era una exigencia pública y el ferrocarril una red de venas de acero por la cual el correo circulaba sin tregua. Joseph A. “Steve” Broadey, ingeniero del Southern Railway Fast Mail No. 97, recibió la instrucción de avanzar y recuperar casi una hora de retraso. Tenía treinta y tres años y llevaba menos de un mes en la compañía. Su apodo “Steve” aludía a Steve Broady, el hombre que sobrevivió al salto del Puente de Brooklyn en 1886.

Unas horas después, el movimiento del Old ‘97, como se le conocía en la jerga ferroviaria, había cesado. Desde Monroe hasta Danville había casi ciento treinta kilómetros y la última sección era una pendiente con una caída brusca que desembocaba en una curva cerrada antes del puente.

Ahí fue capturada una imagen en blanco y negro para el diario The Danville Register. La locomotora yacía fuera de las vías, apoyada contra el terraplén. El frente mordía el polvo, los vagones de correo estaban abiertos y entre los durmientes se acumulaban sacos rotos y correspondencia esparcida.

El texto aledaño a la fotografía consignó la hora aproximada, la ubicación de la curva, la identidad del ingeniero, la presunción de velocidad excesiva y una falla crucial. Los frenos de aire no respondieron, así que Broadey intentó una maniobra suicida: tirar en reversa. Ante lo imposible, el tren saltó de las vías.

La historia del descarrilamiento no acabó en el terraplén. Circuló sin rieles bajo el título de “The Wreck of the Old ‘97”, una balada con chiflidos incluidos cuyas letras fueron atribuidas a David Graves George, trabajador ferroviario y aficionado a la escritura. La melodía provenía de una tradición popular ya usada en piezas como “The Ship That Never Returned”, asociada al hundimiento del Titanic. Fue una época propicia para tomar una guitarra y cantar sobre desastres.

El 13 de agosto de 1924, el texano Vernon Dalhart decidió cantar sobre el descarrilamiento ocurrido veintiún años antes y grabó la versión más recordada en los estudios Victor de Camden, Nueva Jersey. Esa tarde, el cantante folk registró en una misma tanda “The Wreck of the Old 97” y “The Prisoner’s Song”. La evocación del tren maldito corrió a setenta y ocho revoluciones por minuto.

Aquella sesión musical fue una señal temprana. Más que en el campo, el country fue parido en el estudio. Dalhart aprovechó su afilada intuición y demostró que una tragedia podía sostener una industria discográfica a escala nacional. Los números lo confirmaron: “The Wreck of the Old 97” se convirtió en el primer disco de ventas millonarias en Estados Unidos. Y el hechizo siguió. Para 1937, la pieza ya había sido grabada en más de veinte ocasiones, haciendo de la desgracia una ruta recurrente y un producto rentable.

“Las canciones populares no conservan los hechos; conservan el significado”, afirmaría mucho tiempo después Norm Cohen, académico especializado en baladas del desastre y autor de Long Steel Rail: The Railroad in American Folksong, considerado el estudio definitivo sobre canciones ferroviarias en Estados Unidos. 

En el accidente del Old ‘97 fallecieron once hombres. Uno de ellos fue Joseph A. “Steve” Broadey, el ingeniero que acató la orden de apresurarse justo antes del puente Stillhouse Trestle.

Hoy, en el punto exacto del descarrilamiento, no hay rieles, la línea fue desmontada, el puente ya no existe y la curva donde murió Steve quedó adherida al tráfico citadino. Miles de autos pasan sin frenar ni bajar la velocidad. Nadie recuerda el nombre del ingeniero. Solo la curva permanece, haciendo lo mismo que en 1903: pedir cautela.

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