
Minuto dos con treinta y dos segundos.
Entre un caderazo del ritmo y un destello de metales, irrumpe un grito que parece salir de un pasillo en penumbras. Es un alarido enterrado a medias en la mezcla como si hubiese escapado de otro mundo.
Durante años, el instante fue discutido entre voces bajas. No aparecía en créditos ni en notas de producción, pero se nutría del boca en boca entre quienes decían conocer el hit de 1975, “Love Rollercoaster”.
Para entender ese momento hay que remontarse al cielo donde nació la canción. Los Ohio Players viajaban en un pequeño avión que descendía azotado por turbulencias. Jimmy “Diamond” Williams observaba la caída de los instrumentos de la cabina cuando alguien lanzó la frase que acabaría bautizando todo: “Esto sí que es una montaña rusa del amor”.
La semilla germinó en el fuselaje metálico y, una vez en tierra, Leroy “Sugarfoot” Bonner, vocalista de la agrupación, puso manos a la obra.
Los Ohio Players ya eran un colectivo afilado a partir de su dominio del funk. Pero en ese trayecto de emociones altas no estaban ensayando ni buscando metáforas. Solo había que aterrizar con vida.
De esa tensión salió algo radiante, pero sobre todo festivo tras haber esquivado la tragedia. Y en medio de semejante vértigo, un extraño alarido quedó atrapado como un zumbido del que nadie habló durante las primeras escuchas. No hubo quienes lo calibraran como un truco, mucho menos un efecto. Solo quedó ahí, incrustado, sobreviviendo a cada mezcla. Fue más sencillo dejarlo intacto que eliminarlo.
El rumor alrededor de ese grito se le atribuyó a un DJ de radio, a menudo identificado como Casey Kasem, quien invitó a los oyentes a descubrir lo que él llamó “el momento del crimen”. Y esa chispa fue suficiente para que el mito corriera como pólvora.
La leyenda apuntó a Ester Cordet, la modelo panameña que iluminó la portada de Honey, álbum que alojó “Love Rollercoaster”. Se dijo que el chillido había sido suyo, solo unos momentos antes de, supuestamente, ser asesinada.
En dicha tapa Ester posó casi desnuda, con un tarro de miel en una mano y una cuchara en la otra a punto de derramar el líquido viscoso directo en su boca. Una centroamericana morocha, candente, sugerente resultó ser un arquetipo perfecto para imaginar que aquel grito a mitad de la canción era suyo.
El mito no se agotó en una sola explicación. Se bifurcó y alcanzó caminos donde la lógica ya no llegó. Una de las derivas aseguraba que la miel que cubría a Ester no fue un velo sino una trampa, se aferró a su piel, la sostuvo más de lo previsto, y el aullido retumbó cuando intentaron arrancarla de ese cuerpo. Se dijo que la sesión fotográfica y la grabación ocurrían al mismo tiempo, y que el alarido quedó preso en la cinta, confundido con la música para siempre.
Otra versión empujó el relato hacia un rincón más turbio. Se habló de miel envenenada, por lo cual el grito provino de la sorpresa a la que le sucederá una muerte lenta. El colmo fue propalar una última conjetura en la que la modelo, intoxicada, se retorció por el dolor abdominal y amenazó a los Ohio Players, lo que hizo que un ingeniero la sujetara del cabello y le clavara un cuchillo en el pecho.
Al tiempo, Jimmy Williams disipó los nubarrones y explicó que el grito pertenecía al tecladista Billy Beck, quien había lanzado “uno de esos alaridos inhalados, como los de Minnie Riperton para alcanzar notas imposibles”. Y remató: “Decidimos tomar un voto de silencio… porque así se venden más discos”.
Igualmente, Williams reveló que, muchos años después, se dio un insospechado reencuentro con Ester: “Sí, la vimos hace un par de años en el Blue Note Club en Hawái. Se veía muy bien, disfrutó el show y, por supuesto, nos tomamos una foto con ella”.
Toparse con la morena en Hawái convirtió el grito en un vestigio y el minuto dos con treinta y dos segundos en un instante burdo… sin miel.
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