
1969. Tres hombres llegaron a la Luna, pero solo dos descendieron a la superficie. El tercero, Michael Collins, permaneció a solas en el módulo Columbia y orbitó el satélite durante veintiún horas mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin firmaban la historia con huellas anchas y profundas.
Collins aceptó su papel secundario en el Apollo 11 sin dramatismo. En ese lapso completó cerca de treinta vueltas alrededor de la Luna, atravesando en cada órbita la cara oculta, incomunicado durante cincuenta minutos.
“Me sentí orgulloso por haber sido parte de la misión, por haber tomado uno de esos tres asientos. ¿Fui el más privilegiado de los tres? No. ¿Estuve complacido con lo que me tocó? Sí. No siento frustración ni rencor”, diría después el tripulante del que dependió el regreso y el único cuya presencia no quedó inscrita en la superficie, pero sí en la historia.
1969. Los Creedence Clearwater Revival también viajaron a la Luna, propulsados por el grupo de canciones más gloriosas de su carrera. Ironía difícil de tragar, una muy similar a lo sucedido con Collins: los cuatro de El Cerrito editaron tres álbumes ese año, metieron nueve temas al Top 10 estadounidense, cinco subieron hasta el segundo sitio, pero ninguno tocó la cima del Billboard. Ni siquiera “Proud Mary”, la piedra preciosa que John Fogerty presumió sobre cualquier otra composición.
“El ejército y Creedence se empalmaron en el tiempo. Yo era ‘ese jipi con un disco en la radio’. Había estado tratando de salir del ejército y en las escaleras de mi edificio había una carta del gobierno de las dimensiones de un diploma. Permaneció allí un par de días, al lado de mi puerta, hasta que una tarde miré el sobre y me incliné, notando que decía ‘John Fogerty’. Entré en la casa, lo abrí y me percaté de que se trataba de mi baja honorable del ejército. ¡Finalmente había salido! Era 1968, un año en que la gente seguía muriendo por la guerra. Me sentí tan feliz que salí corriendo a mi pequeña parcela a dar volteretas. Luego volví, tomé mi guitarra y comencé a rasguear ‘Left a good job in the city…’ y de ahí salieron varias líneas. Para cuando canté ‘Rolling, rolling, rolling on the river’, supe que había escrito mi mejor canción”.
Pese a ese final de década lleno de inspiración, los Creedence se acercaban al acantilado. John concentraba la escritura, la producción y esa voz capaz de despeinar a un calvo, mientras los otros tres miembros del grupo anhelaban paladear las mieles del éxito. La salida de Tom Fogerty en 1971 anticipó el quiebre. En 1972, Creedence se disolvió, con el catálogo completo y la amistad agotada.
Varias canciones mayúsculas siguieron su curso como jovencillas autónomas. “Proud Mary” amplió su alcance y se desprendió pronto de la historia del grupo californiano. La radio la repitió miles de veces y otras voces la interpretaron en escenarios nuevos, pero fue la versión de Tina Turner la que la fijó como estándar contemporáneo.
Como un hombre espacial que permanece orbitando, John observó tal despegue a la distancia. El control del catálogo quedó en manos de Saul Zaentz, el voraz propietario de Fantasy Records que retuvo los derechos de las composiciones aun cuando Fogerty era su autor. Cada interpretación en vivo de un tema de Creedence activaba pagos que no volvían al creador, sino a la estructura de la que había intentado desligarse. Fogerty vio cómo su obra crecía mientras él mismo la financiaba desde el escenario. A mediados de los ochentas, el litigio por “autoplagio”, cuando se le acusó de copiarse a sí mismo, convirtió la herida en hemorragia. Fogerty siguió haciendo música, pero durante años mantuvo a distancia el repertorio que lo había encumbrado a finales de los años 60.
Lo insospechado ocurrió en 1987. El 19 de febrero, durante un concierto de Taj Mahal en el club Palomino de North Hollywood, John asistió como uno de tantos entre el público. En el recinto se encontraban Bob Dylan y George Harrison. Cuando la velada derivó en una serenata informal, Dylan se dirigió a Fogerty para advertirle que si no volvía a cantar “Proud Mary”, aquella piedra preciosa seguiría perteneciendo a otros. Picoteado por tales palabras, John subió a las tablas y cantó su gran himno, sin anuncio ni ensayo, por primera vez en años. Así, la canción regresó a su autor, entre la humareda y los sudores del bar. Así, “Proud Mary” cerró un ciclo largo.
Como Michael Collins orbitando mientras otros dejaban huellas lunares, Fogerty había permanecido en segundo plano mientras su gema antológica se instalaba en la memoria colectiva. En aquel 1987 no descendió a la superficie ni reclamó protagonismo. Simplemente, volvió a ocupar su asiento, un lugar desde el cual también se puede hacer historia.
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