La historia detrás de las más grandes canciones

El sudor de las máquinas

La grabación empezó mal. El intenso calor del estudio hizo trizas la preparación y los osciladores del Moog modular comenzaron a ponerse “nerviosos”, al tiempo que las secuencias parecieron cobrar vida y respirar por voluntad propia.

Pese a semejante sorpresa frente a sus ojos, Edgar Froese, Christopher Franke y Peter Baumann decidieron seguir adelante y en medio de todo, afloró “Phaedra”, título que remite a una figura de la mitología griega asociada al deseo intenso y a la tensión interior.

La composición más importante en la larga carrera de Tangerine Dream se manifestó como una anomalía. A la mitad del recorrido, la secuencia desencadenó un desplazamiento sonoro y hacia el último tramo, el tiempo se sintió elástico, como si cada segundo durara un año. La versión original se extendió hasta dieciséis minutos y dejó rastros como variaciones, capas y decisiones tomadas en plena marcha. La banda dejó que las atmósferas difusas se expandieran a rienda suelta y que la canción fluyera como cascada.

Formados en Berlín Occidental, los Tangerine Dream —nombre sacado de una experiencia de Froese con el LSD— funcionaron más como una célula concentrada que como un trío, aun cuando en Edgar casi siempre recayó la misión de marcar el eje conceptual del proyecto. Él fue quien impulsó la mutación del Tangerine primitivo abocado al rock espacial a un nuevo ente de desarrollos interminables que colocó la experimentación al centro de todo.

“En aquellas sesiones el sintetizador empezó a comportarse de una forma que no habíamos planeado y decidimos grabar”, afirmó Froese, amante de la escultura y la pintura. De Salvador Dalí siempre rescató la búsqueda de la originalidad, sin importar el tipo de actividad artística.

“Los patrones cambiaban mientras grabábamos. Era como documentar algo vivo”, recordó por su parte el ingeniero y productor asociado, Simon Heyworth, testigo de las sesiones del grupo en The Manor, estudio residencial de la Virgin en Oxfordshire que permitió jornadas extensas, grabaciones nocturnas y equipos encendidos durante horas.

Públicamente, la agrupación respondió a tal lógica. La tapa de Phaedra prescindió de retratos y las fotografías redujeron la presencia humana y colocaron a las máquinas en primer plano. “Phaedra”, sujeta al lomo del álbum, apareció en 1974 sin ser single de promoción y su injerencia ayudó a abrir la senda internacional a la llamada Berlin School, una electrónica basada en pasajes prolongados. La escuela fue seguida por eventuales maestros como Brian Eno y Jean-Michel Jarre.

Lejos de ahí, en Düsseldorf, Kraftwerk desarrolló un modelo distinto que le sonreía a la estructura y enfatizaba la melodía, estilo que derivó en otra cuadrilla de feligreses que se adueñarían de la década de los 80 como Gary Numan, Ultravox, Depeche Mode y Orchestral Manoeuvres in the Dark.

La música provocó, así, otra Alemania dividida, pero no por un gran muro de concreto, sino por la manera de hacer electrónica. Y Tangerine Dream, con sus tres hombres alérgicos a sonreír ante las cámaras, jugó su carta más alta con “Phaedra”, una catedral donde cupo toda la música imaginable, incluidos esos sonidos despedidos de máquinas que un día se acaloraron a tal grado que cobraron vida… y reclamaron.

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