La historia detrás de las más grandes canciones

Injertos de felicidad y The Art of Noise

El expediente nunca habló de una banda.

Aquello era un cuarto hermético con algo que sonaba en su interior mientras la ciudad roncaba bajo las estrellas. Sus nombres circulaban lejos de las portadas, repartidos en créditos discretos y cintas. La cara fue el sonido.

El rastro lleva al Londres de los años 80, a un enclave que funcionaba como laboratorio con nombre futurista: ZTT Records. Productores, músicos de escuela clásica y hasta un periodista compartían la intuición de que el estudio podía ser ese ente sin vida que provocara emociones profundas.

En el centro estaba Trevor Horn, un forastero salido de Durham, perfeccionista, obsesivo en la técnica, incómodo con la Inglaterra pop del gesto rápido y el destello. De su currículum escurría talento. Venía de The Buggles, Yes y ABC.

Como primer sampler digital de renombre, el Fairlight CMI apareció en escena como su gran cómplice. Así pudieron fragmentar el mundo, reorganizarlo y dotarlo de una lógica propia. El sonido empezó a abastecerse de un sinfín de pedazos de la vida cotidiana.

Los perfiles que confluyeron en aquel cuarto traían trayectorias ya formadas. Anne Dudley aportaba disciplina clásica y experiencia orquestal, J. J. Jeczalik hacía de la programación una caricia, Gary Langan equilibraba las texturas analógicas y la precisión digital, y Paul Morley aportaba el relato.

El nombre del proyecto, con el estudio como núcleo de todo, no pudo responder mejor a semejante operación: The Art of Noise. En la cabeza de sus miembros bailaba la convicción de que el caos podía enfundarse en un elegante traje sastre, sin dejar de ser caos.

De ese método emergió “Moments in Love”, una creación que al avanzar iba llenándose de capas. Electrónica urbana y nocturna, ideada para alentar la contemplación con suficiente espacio entre sonidos. La prisa no jugaba; el track rozaba los diez minutos. Toda una vida.

“Me gustaba tanto el nombre Art of Noise que prácticamente me colé en el grupo… Ah, y escribí la letra de una de las piezas pop más hermosas: ‘Moments in Love’”, expresó Morley, el periodista infiltrado en el grupo y el elegido para construir significados.

“Moments in Love” apenas rozó los primeros cincuenta puestos en Reino Unido porque sus autores decidieron no volcarse a la conquista de los charts. Fue más atractivo hacerse del territorio de esas canciones que se recuerdan por siempre sin haber sido hits. La portada del single, con un diseño contenido, respondió fielmente a los conceptos de ZTT. Tener escasas ventas pareció más una motivación y un objetivo.

Años después, Horn se reunió con un emisario de El País y dedicó un momento al clásico de The Art of Noise sin dejar de confesar que cierta hierba también circuló libremente en aquel laboratorio: “Sí, es un single pop, pero con los elementos equivocados en él. Creo que la marihuana cambió las cosas en los años 60 porque, ya sabes, en un minuto The Beatles llevaban bonitos trajes y peinados y, al siguiente, salió Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y todo el mundo quedó colocado hasta los sesos”.

Amante de los espacios controlados, Horn conoció los abismos donde nada puede preverse. Tras casarse con Jill Sinclair, directora en ZTT, asomó la tragedia. El 25 de junio de 2006, su hijo Aaron dio un tiro por accidente mientras manipulaba un rifle de aire comprimido. La herida en el cuello de Jill fue irreversible y derivó en un coma. La espera adoptó entonces una forma inmóvil y angustiante hasta que en 2014 la vida cerró el intervalo. Trevor perdió a su esposa.

Domesticado entre máquinas, el tiempo mostró su frialdad lejos del estudio. Ahí no hubo edición, ni repetición, ni la posibilidad de injertar pedazos de felicidad a través de un sampler.

El expediente se cierra ahí, donde muchos momentos de amor quedaron sonando… en algún lugar.

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