
La memoria ha resistido a la erosión. Más de cincuenta años después, Caetano Veloso vuelve a una noche que parece estar intacta. Ni más ni menos de lo que fue. El tiempo y su gran regalo: la perspectiva.
En entrevistas concedidas en 2020 y en perfiles dedicados a explorar su trayectoria —como el publicado por The New Yorker en febrero de 2022—, el bahiano se ha reencontrado más de una vez con aquel abucheo de finales de los sesentas. Un punto de inflexión, una disputa que no se jugaba únicamente frente a la dictadura militar brasileña, sino alrededor de la idea de cultura, modernidad y poder.
La escena es concreta. En septiembre de 1968, durante el III Festival Internacional da Canção, en São Paulo, el músico de veintiséis años sube al escenario acompañado por Os Mutantes para estrenar una pieza cuyo título emana de un grafiti escrito en un muro de París durante las protestas de mayo. La frase decía “Il est interdit d’interdire”. Veloso la vio en una fotografía y la convirtió en una canción cuyo título ya operaba como consigna antes de sonar: “É proibido proibir”.
El público que tiene enfrente está compuesto, en su mayoría, por estudiantes brasileños de izquierda. Para esa generación, asistir a estos festivales equivale a participar en el debate público y a intervenir en el clima cultural de una nación apretujada por la represión del régimen militar encabezado por Artur da Costa e Silva. En Verdade Tropical, sus memorias publicadas en 1997, Caetano recordará esos encuentros como espacios donde se depositaba la expectativa de una identidad nacional.
La reacción es inmediata. Un vendaval de abucheos interrumpe la presentación. Se abre un hueco. Se parte la noche salvajemente. En un intento por restablecer el diálogo, Gilberto Gil, compositor y aliado central de la Tropicália, sale al escenario y pide escucha, pero nada mejora. Empiezan a volar tomates, bolas de papel y otros objetos que atizan el rechazo. Erizado, con ojos volcánicos y respaldado por las guitarras de los Mutantes, Caetano se dirige a la multitud y se faja como un jabalí que no se rinde. Su voz, iracunda y férrea, convierte la canción en un medley involuntario: “¿Es esta la juventud que dice que quiere tomar el poder?, ¿es esta la juventud que dice que quiere cambiar el país?” (…) “Ustedes no están entendiendo nada. Nada. Absolutamente nada”.
Un par de meses después, el 13 de diciembre de 1968, la dictadura a la que décadas después se le atribuirán más de cuatrocientas muertes decreta el AI-5, fijando el endurecimiento definitivo del régimen. Justo antes de que termine el año, Caetano y Gilberto son detenidos. Tras semanas de confinamiento, el desenlace se da en febrero de 1969: un aeropuerto, escolta, un avión con destino a Londres. La partida no es elección de los artistas, sino un exilio forzado donde se les avisa que cualquier intento de volver podría terminar en tragedia. Conforme el avión gana altura, Brasil se reduce a una franja de luces que se borra poco a poco.
“É proibido proibir”, estrenada en aquel telúrico festival de 1968, deja de pertenecer únicamente a esa velada de música y reclamos. El legado ha comenzado. Más de medio siglo después, cuando Caetano repasa el evento, todo se ordena siempre en tres actos: un muro en París, una actuación en Sao Paulo, un avión rumbo a Londres.
Nada se pierde y nada se entierra. Porque a la memoria nada se le puede prohibir.
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