
La hombría, en la música, empieza cuando alguien decide ocupar un espacio.
Y para muestra, el rugido de Muddy Waters en “Mannish Boy”: “I’m a full-grown man!”
Recién cruzada la mitad de siglo, Estados Unidos evolucionaba con convicción industrial mientras algo se acomodaba en la superficie. Las fábricas funcionaban a tope, los suburbios florecían y la televisión se instalaba en los salones como un mueble nuevo y absorbente.
1955 fue el año en que el asiento de un autobús cambió el aire en Montgomery, Alabama. Rosa Parks, una costurera afroamericana, decidió no ceder su lugar y, con ello, protagonizó un gesto fundacional en América.
En la radio seguían mandando los crooners, el jazz vocal se aferraba a su prestigio y el blues eléctrico, en ciudades como Chicago, empezaba a sentirse cómodo.
En tales atmósferas, el cuarentón Muddy ocupaba un buen lugar. Había nacido como McKinley Morganfield en 1913, en la plantación Stovall, cerca de Clarksdale, Mississippi, en pleno Delta, donde el día podía medirse por surcos y el tiempo por el peso del algodón. Alto, de hombros anchos y manos grandes, tenía un rostro amplio y una mirada espesa que parecía adecuarse más a los secretos que a la estridencia. Un timidón imponente.
Al llegar a Chicago y enchufar la guitarra, el campo que Waters llevaba en el cuerpo se volvió electricidad. Y pronto se plantó sobre las tablas sin nervios ni vaivenes. Poco gesto, mucho peso. Su estampa fue un cóctel de paciencia, autoridad y hombría.
En la primavera de ese 1955, un capo quince años menor puso en circulación una tonada circular con vocación de huracán llamada “I’m a Man”. De cara angulosa, sonrisa chueca, pómulos marcados y gafas ahumadas, Bo Diddley traía consigo otra temperatura. Con cuna en Mississippi y crianza en Chicago, era urbano por reflejo. La novedad en la radio empujaba con picardía sobre un patrón rítmico sincopado, derivado de la clave afrocaribeña, sostenido como un vamp de un solo acorde. Y las letras eran una proclama de hombría sin miramientos, con el pecho al frente y el paso largo. Una declaración frontal desde el título, bravucona, casi engreída.
La composición capturó a Muddy a niveles obsesivos, sin embargo, las oleadas de admiración pronto mutaron en su interior desencadenando una sensación de desafío sin membrete que se tomó como algo personal. El hombre surgido en las plantaciones decidió entonces responder meses después. Lo hizo con “Mannish Boy”, una pieza que renunciaba al impulso y ganaba peso. El célebre “Oh yeah!” cayó como ficha pesada sobre la mesa de juego y funcionó como asentamiento, clavando una banderola en la tierra como recordatorio de que la hombría también se juega despacio, con gravedad y templanza.
“Esa fue mi respuesta… la quise más pesada”, afirmó Waters, según el testimonio recogido por Robert Gordon en el libro Can’t Be Satisfied: The Life and Times of Muddy Waters.
Un mismo año, dos formas distintas de estar en la habitación. Solo que Muddy, con “Mannish Boy”, dejó en claro que el asunto no era alardear la hombría con rugidos y aspavientos, sino ocupar un espacio con aplomo y no moverse.
Con el paso del tiempo, otros machos entraron en el juego, aceptando un reto antiguo e invisible. Algunos interpretaron “Mannish Boy” copiando el gesto, otros probando pulsos distintos. The Rolling Stones, Jimi Hendrix, Buddy Guy…
1955 produjo un plantío. Entre “I’m a Man” y “Mannish Boy”, el blues y sus matices dejaron en claro que la hombría empieza cuando alguien decide ocupar un espacio. Lo importante es saber —y poder— quedarse en él.
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