La historia detrás de las más grandes canciones

Setenta y siete días antes de la muerte de Marilyn Monroe

Quince mil personas con boleto pagado. Entre cien y mil dólares, dependiendo el asiento. Filas numeradas, butacas asignadas. La invitación al festejo incluye una fotografía de John F. Kennedy, viene en un sobre blanco con bordes tricolor e indica la hora: ocho y treinta de la noche.

Con esmoquin cerrado y la pajarita en su sitio, Peter Lawford se acerca al micrófono. Londinense que cayó bien en Hollywood y cuñado del presidente, oficia como anfitrión porque domina el juego a dos bandas del espectáculo y la política. Lanza un primer llamado al son de “Señor Presidente, aquí… ¡Marilyn Monroe!”. El Madison Square Garden responde con un silencio salpimentado de expectación. Un haz de luz apunta a la esquina del escenario. Todo se congela. Brotan murmullos mientras los segundos se hacen viejos.

Desconcertado, Lawford improvisa frases sueltas hasta que la diva de treinta y cinco, con su capa de rubia, aparece a varios metros. Monroe avanza desde un costado de las tablas, cubierta por una estola brillosa que se desliza hacia atrás. Sonriente, se reúne con Peter en el atril. El vestido firmado por Jean Louis deja al descubierto el máximo de los lujos: seda dorada bordada a mano con dos mil quinientos cristales diminutos y ninguna ropa interior que provoque pliegues indeseables. Las miradas se concentran en el trazo que se adhiere al cuerpo sin obstáculos. Marilyn es dócil al encanto y calor que ella misma desprende.

Lawford la recibe con caballerosidad y encumbra el gesto despojándola de la estola. Luego, llega el remate que las crónicas resaltarían durante décadas, una broma con humor británico: “Mr. President… the late Marilyn Monroe” (“late” entendido como tardía). La risa ondula en el recinto donde se festeja el cumpleaños cuarenta y cinco de Kennedy.

Con espalda desnuda y un guiño breve a todos y a nadie, Marilyn se inclina hacia el micrófono que parece el gran pedestal de la insinuación: “Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday, Mr. President, happy birthday to you…”

Y añade un fragmento de “Thanks for the Memory” con jadeos y sílabas caramelizadas: “Thanks for the memory of all the things you’ve done, the battles that you’ve won, the way you deal with U.S. Steel and our problems by the ton. We thank you so much…

La actriz californiana, de quien algunos dicen que intenta relanzar su carrera como sea y superar su adicción al somnífero Nembutal, termina su intervención entre aplausos y devuelve la mirada a Lawford, quien recupera su estola y la acompaña rumbo a la salida. Queda instalado el motivo para que la prensa califique la serenata como “sugerente”, mientras ciertos cuervos del periodismo muerden más y hablan de una lasciva y escandalosa confirmación del affaire.

En la mesa principal, Kennedy rubrica la escena con una sonrisa templada, sin la compañía de su esposa Jacqueline, quien harta del “rumor Monroe”, ha decidido pasar la noche en su residencia de fin de semana. El celebrado se pone de pie, empuña el micrófono y responde: “Gracias. Ahora puedo retirarme de la política tras haber escuchado un ‘Feliz cumpleaños’ tan dulce y correcto”.

Los vítores reinstalan el protocolo y la validez del humor inocuo. La gala continúa entre discursos. Nadie anticipa que ha de ser la última aparición pública de la estrella de cine.

Setenta y siete días después de ese 19 de mayo de 1962, Monroe aparece muerta en su casa de Brentwood, desnuda, junto a un frasco de barbitúricos y sin posibilidad de ser, algún día, la dama que acompañe a The Prez a saludar con guantes de seda a una grey de cadetes guapos.

Con el paso de los años, algunas ediciones de “Happy Birthday, Mr. President” circulan sin la palabra “late”. Archivos y plataformas digitales privilegian la canción y cortan la introducción de Lawford, como si el lenguaje decidiera cambiar de aspecto. Acaso porque “late”, que esa noche aludía solo a la facilidad de Marilyn para demorarse, terminaría activando otro registro. Voluble y premonitorio, el idioma se hizo cargo.

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