
Entre 1955 y 1993 “Canção do Mar” atravesó dos estados. El primero fue íntimo y cotidiano: cine, radio, días simples en el barrio. El segundo fue expansivo y bombástico: una melodía que cruzó continentes con una emoción comprensible incluso sin conocer una palabra de portugués.
Federico de Brito y Ferrer Trindade repartieron inspiración en favor del tema en el comienzo de los años 50 para hablar de una mujer que contempla el mar con la congoja en las manos, de una promesa que el tiempo ha vuelto elástica y de una espera que desafía la pasión por un hombre que se perdió tras la última capa de agua. A lo lejos. Allá donde los ojos quedan cortos.
En el Portugal de posguerra, el fado funcionaba para ofrecer salida a las confidencias que la charla no podía expresar. Provenía de los barrios de Lisboa, maridaba con las noches tibias y se sostenía en guitarras portuguesas sinceras llenas de melancolía. En ese universo íntimo, la voz de Amália Rodrigues fue gaviota sobre las olas, bella y discreta, solitaria y emotiva. El más grande testimonio de lo que es majestuosamente económico y humildemente portentoso.
El Museo do Fado, institución ubicada junto al Río Tajo en Lisboa con ningún otro objetivo que preservar el fado como patrimonio local, recogería décadas después una frase de Amália que parece ley tácita: “O fado sente-se, não se compreende, nem se explica”.
Cuando en 1993 Dulce Pontes, una mujer que de niña soñó con ser bailarina de danza, interpretó “Canção do Mar”, la canción respiró y voló distinto sobre el agua y sobre las orejas que siempre optaron por los ayeres más antiguos. No se trató de un tributo ni un cántico ceremonial en honor de Amália, sino una convicción de distanciarse de ella: “Es difícil sobre todo cuando la amas y la consideras una maestra. Yo nunca imité a Amália, nunca, siempre tuve cuidado de no pisar esa línea. Cuando tenía que cantar sus fados, dejaba de escucharla durante un tiempo porque es tan fuerte su emoción y su forma de interpretar que me ponía a dieta de Amália”.
Así que motivos sobraron para evitar el escándalo, si bien no la incomodidad de quienes se sintieron con el derecho de proteger la versión de la gran doncella del fado. La propia Pontes reconoció el clima que rodeó esa transición, sobre todo en los años cercanos a la muerte de Amália en 1999: “En ocasiones me sentí mal, me sentí culpable sin tener culpa. Era casi prohibido grabarla”.
Entre una sentencia y la otra cabe un mar de aseveraciones para acreditar y atacar, aun cuando jamás se trató de que “Canção do Mar” fundara un género o clausurara una tradición vieja. Como tantos otros, el entrañable clásico se mudó de voz y de época… y en el traslado intercambió intimidad por masividad. Una vida y después otra. Con sus consecuencias.
Tal vez a razón de eso, fuera de Lisboa, la composición empezó a circular como si viniera de un pasado más remoto del que realmente posee. Al foráneo le basta que suene antigua para verla como tesoro. En ese malentendido, siempre fértil, “Canção do Mar” se volvió una de las canciones portuguesas más importantes del siglo. Un pequeño barrio se hizo escuchar en regiones insospechadas.
No es poco mérito para una melodía que, en su origen, pedía volverse canción, más que un motivo para hacer de Amália un fantasma errante que jamás halle descanso… de este lado del mar.
Opina en Radiolaria