La historia detrás de las más grandes canciones

B.B. King y el silencio que habla

“Estaba ganando veintidós dólares y medio por manejar un tractor y un día me topé con una damisela que iba a pagarme doce dólares y medio por noche. En aquel tiempo, West Memphis era como Las Vegas. Casi todos los salones tenían juegos de azar en la parte trasera, así que mi trabajo era tocar para la gente que no jugaba. Me encantó mi trabajo porque había muchas chicas allí y, bueno, acepto que he sido adicto a ellas toda la vida”.

El final de los años 40 acomodó la vida de B.B. King alrededor de la noche. West Memphis palpitaba con humaredas pesadas, mesas ocupadas y canciones que apelaban al milagro de sostener la atención de esos que escuchan a medias y solo van a los bares a buscar amores que duren tres, cuatro, cinco horas. Ahí aprendió que una nota bien situada puede interrumpir una conversación. El blues empezó a volverse oficio y el oficio, carácter.

En la noche de B.B. King, el exceso jamás fue combustible. El nativo de Itta Bena, Mississippi, prefirió mantenerse lúcido. Había visto a muchos blueseros perderse en el trago y no le interesaba demasiado que sus posibilidades se ahogaran a medio camino. Quería tocar mañana… y el día después.

La carretera amplió ese aprendizaje. Ciudades inexploradas, públicos que escuchaban de otra manera, escenarios donde la tristeza no necesitara dramatizarse para ser comprendida. King descubrió que expresando menos era capaz de expresar mejor, y que una sola nota a tiempo podía cargar vidas enteras e incluso curar medias vidas.

En otro punto del mapa, la California que se bañaba con el sol de mitad de siglo, Roy Hawkins había escrito algo que entendía laberintos similares. “The Thrill is Gone” planteaba el instante posterior al derrumbe sentimental, cuando el deseo se seca, hace maletas y termina por marcharse. Hawkins la grabó en los años 50 para Modern Records y la dejó a disposición del circuito del blues, como tantas gemas que aguardan adopción y destino.

Cuando B.B. King entró al estudio en 1969 para interpretar “The Thrill is Gone”, la composición reconoció el terreno como el gato que se adentra cauteloso en un espacio, olfateando el aire, midiendo el suelo y aceptando un rincón que le es placentero. La ensayó varias veces hasta que la banda halló ese punto. Se dice que la tercera toma fue definitiva. La voz fue capturada junto a la base, compartiendo el mismo aire. El productor Bill Szymczyk contó: “Se ensayó tres o cuatro veces antes de grabar; para la tercera toma, ya la teníamos”.

Unos días después llegaron las cuerdas para que el corte respirara como lo hace alguien relajado a la orilla del mar. La guitarra —la que bautizó “Lucille”— entró cuando debió y se retiró cuando convino. King construyó un diálogo con su chica sin interrumpirse y en esa charla exquisita “The Thrill is Gone” alcanzó su forma definitiva, la más alta de cualquier época y de cualquier artista.

“Con esta canción comprendí que el blues también podía expresar las cosas en voz baja”, manifestó King cuando viejo, sabiendo que era mejor hablar de lo aprendido que de eso que es majestuoso, inmaterial e indescriptible.

Roy Hawkins murió en 1974 con menos de sesenta años. Para entonces, “The Thrill is Gone” ya había alcanzado el cielo. Con seguridad, no rasguñó su lápida. No hizo falta. Su creación había quedado en las manos perfectas.

Desde aquel West Memphis donde tocar para quienes no jugaban era un modo de ganarse la vida, hasta esta grabación de doce compases en si menor donde cada silencio habla, el blues confirmó que algunas piezas monumentales buscan su destino, su sonido y su verdadero padre.

I’m free now, baby, I’m free from your spell, oh, free, free, free now, baby, baby, I’m free from your spell…

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