La historia detrás de las más grandes canciones

Dos vidas infinitas

Salidos de un hombre en el pináculo de la juventud, los versos destilan pura esperanza: “Here’s my key, philosophy, a freak like me, just needs infinity…

Ya luego la vida corre, los años se agolpan y aparecen los fantasmas. También las arrugas. No las de la piel, las invisibles, las de muy dentro.

Paul Walden venía de Jersey, una pequeña isla donde pensaba apegarse a los planes profesionales de su padre, un reconocido dentista que pretendía encaminarlo por la senda de la odontología. La noche, sin embargo, empezó a torcer el mapa. Teclados en clubes, alias que iban y venían, y una intuición persistente convencieron a Paul de que la pista de baile era más hechizante que el dinero cosechado en el consultorio.

Bajo un seudónimo vitamínico como Guru Josh, el británico escribió esas líneas que en 1989 se volverían parte de “Infinity”.

“Era una canción de mi banda de rock Joshua Cries Wolf. En cierto momento nos dimos cuenta de que la música de baile era el futuro y adaptamos el tema. No era la mejor canción, pero sí la única que gustaba a la gente”, diría en julio de 2009 al periódico El País.

Londres hervía en el final de la década con pubs estridentes, almacenes reciclados y la escena acid house tomando fuerza en tandas lejanas al underground. En aquel grupo de guitarras, Joshua Cries Wolf, Paul apreciaba particularmente un instrumento que en el rock representaba herejía, un saxofón que cargaba Mad Mick, otro de los miembros de la cuadrilla.

Una noche, uno de sus conocidos organizó una fiesta dentro de un viejo almacén para cientos de invitados y le colocó una marquesina propicia: “Infinity”. El ideólogo del evento entregó una noble cantidad de libras esterlinas a Walden para que éste compusiera una pieza de altos vuelos que sellara tan memorable velada. El de Jersey adaptó una línea antigua, llamó a Mick, el saxofonista, y lograron prensar medio millar de copias. La mayoría de esas unidades, sin embargo, terminó en la basura, al tiempo que alguien se tomó la molestia de explicar a Paul el motivo del rechazo: trenzar un saxofón a un corte house había sido demencial.

Antes de marcharse del lugar con la decepción a su lado, Walden fue abordado por uno de los invitados de nombre Mike Pickering, DJ a quien la ocurrencia le pareció una gambeta colosal y digna de grabarse formalmente.

La publicación oficial de “Infinity” como sencillo trece días antes de que comenzaran los noventas tuvo como colofón el quinto lugar en el chart de Reino Unido y un total convencimiento de Paul de que debía dedicarse a montar grandes raves en sitios clandestinos.

Casi dos décadas después de aquel soplo de fama, llegó una segunda vida. Bajo el nuevo nombre de Guru Josh Project, Walden puso en órbita su composición insignia una vez más, ahora con una remezcla titulada “Infinity 2008”. En esta oportunidad, el mundo estaba listo y con el impulso de las pistas globales, la canción volvió a ser hit, posándose en la cúspide de varios listados de popularidad. Paul celebró su victoria en aquel año, honrando algunas otras pasiones: “Pinto cuadros y me desconecto a menudo en el mar de Ibiza. Hago paracaidismo y casi me mato el año pasado”.

En diciembre de 2015, cuando el mundo mostraba predilecciones distintas, el aventurero hijo de dentista se suicidó en su adorada Ibiza, la tierra de arenas y fiestas donde, supuestamente, está prohibido que el alma sufra y el cuerpo padezca. El DJ de cincuenta y un años rompió los cánones y cayó en un embudo de episodios depresivos del que no logró escapar.

Entonces, proliferaron los textos salpicados con su historia y funesto final, y fue inevitable regresar a aquel single del saxofón que tuvo dos vidas luminosas. Su creador, sin embargo, no completó siquiera la primera.

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