
52.5147 N, 13.3501 E.
En ese punto exacto se alza la Columna de la Victoria, coronada por Goldelse, el ángel bañado en oro que Berlín usa como brújula y parte de mil memorias. Abajo, el Großer Stern abre sus avenidas como radios de una rueda —la Straße des 17. Juni, la Hofjägerallee y los demás ejes— y el monumento, desde su altura, echa ojo a la ciudad completa con la calma y templanza de quien ha mirado imperios, ruinas y reconstrucciones.
En los años 80 Berlín era una cicatriz. Su muro cruzaba como una línea fría e inerte, con torres de vigilancia imponentes, focos encendidos todas las noches y soldados mirando hacia el otro lado con los sentires escondidos y las lágrimas clausuradas. En la radio resonaban emisoras distintas a cada lado del concreto, y en el aire bailaba la tensión de un país dividido que prometía al mismo tiempo dos futuros incompatibles.
Una tarde, allí llegaron, intempestivamente, unos chicuelos alemanes de Münster con los bolsillos vacíos, cigarrros robados, alcohol abundante y esa alegría que siempre va de guarura de la juventud. Marian Gold, cantante y capitán de Alphaville, lo recordaría años después: “Éramos pobres, pero uno de nuestros amigos tenía automóvil. Esa tarde estábamos fumando y bebiendo. Estábamos pasándola muy bien, disfrutando mucho. Nos subimos a su coche y nos dirigimos a la Columna de la Victoria.
Al arribar a la rotonda, empezaron a quemar llanta alrededor del ángel como si hubieran hallado un sol, un eje, un centro. Sin semáforos instalados todavía, el viejo coche giraba y la estatua dorada se repetía en sus ojos rojos como un estribillo cegador. “Lo hicimos una y otra vez”, rememoró Marian. “Así lo hicimos hasta que el chico que iba al volante gritó: ‘¡Dios, tengo la sensación de que vamos hacia el cielo, veo la estatua de oro ahí!’”
La sensación de flotar, de orbitar como planeta, de tocar con los faros amarillos la geografía de la ciudad fue un hueco en el tiempo. Bajo un cielo que se oscurecía, Berlín respiraba junto a ellos.
De ese vértigo brotó la primerísima idea de “A Victory of Love”, la pieza que abre Forever Young (1984), un manifiesto de synthpop teutón que honra el legado de Kraftwerk y lo vuelve emoción. Desde los segundos iniciales, el frágil punteo del sintetizador crea un espacio propicio para que los amantes, siguiendo tal pulso, se acaricien los lunares con una delicadeza casi ritual, como si la música trazara poco a poco una nueva constelación sobre la piel.
Hacia la mitad del tema, después de que Gold ha repetido en ocho ocasiones “She’s playing with love”, todo acelera y el pulso deja atrás su vaivén, lo que durante años se interpretó como una maniobra calculada. No fue así: “Eso fue un accidente. Nadie en Alphaville tiene explicación acerca de por qué la velocidad de la canción de pronto aumenta. Pasó de un ritmo sincopado a un rayo en forma de beat. Nadie lo hizo a propósito. Es uno de esos errores positivos que se dan”, dijo Marian.
La portada de Forever Young no muestra al ángel berlinés, pero la música sí invoca una consciencia suspendida entre vigilia y sueño, entre un pasado que estuvo en jaque y un futuro igual de incierto. Ahí, “A Victory of Love” encontró su sitio como un exquisito trozo de culto al grupo de Münster, el de los otrora chiquillos pobres que una tarde llegaron a Berlín un tanto ebrios a dar una vuelta y otra y otra y otra.
Hoy, el ángel de oro mantiene los ojos entrecerrados mientras abajo el mundo gira, y el azul del cielo se vuelve negro como si alguien bajara la intensidad de un gran foco. Desde lo alto, Goldelse mira una ciudad que ha aprendido a no ser epicentro de horrores y que ha oído de guerras ya un tanto lejanas, del eco de reactores que vuelan a miles de kilómetros, de torres mellizas que se derrumban en otras metrópolis y de miles de victorias del amor que se festejan silenciosamente entre sábanas calientes y mesas tibias.
La humanidad busca a menudo periodos de tregua. Y el amor busca, casi siempre, su manera de triunfar.
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