La historia detrás de las más grandes canciones

Nick Drake y la luna rosa

Grabó Pink Moon en 1971, en dos medias noches de octubre casi mudas dentro de los estudios de Island Records. Tres meses después de la muerte de Jim Morrison, Nick Drake llegó a solas, con su guitarra y unas partituras listas para derramarse en forma de poema nocturno y crudo.

Con una melancolía de tallo alto, el cantautor británico pidió que se apagaran las luces para que todo fluyera tal cual le dictara su alma. Nick destiló paisajes acongojados y once canciones sin repetir tomas ni intercambiar palabras con nadie. Los presentes en la sala recuerdan la atmósfera extraña y sombría de esas horas: no había nervios, pero sí urgencia. Solo una certeza callada.

John Wood, su productor, recordaría tiempo después ante la BBC aquel viaje breve convertido en álbum: “Un día, de la nada, me llamó Nick por teléfono y me dijo que quería hacer un disco. El estudio estaba ocupado y la única hora disponible era cuando terminaban las sesiones a media noche. Pusimos cuatro micrófonos, grabamos cuatro o seis canciones. Todo estaba muy silencioso y oscuro. Volvimos a la noche siguiente y grabamos otras tantas canciones. Y eso fue todo”.

Como tercera producción de su carrera, Pink Moon suena menos a un álbum que a un documento íntimo, a un cuaderno cerrado con cuidado. Sin adornos ni gesticulaciones exageradas, hay un hombre frente a sí mismo menos preocupado por el exterior y más fiel a sus ideas.

La última canción registrada en aquellas sesiones “desveladas” fue “From the Morning”, y Nick decidió que también fuera el capítulo final del álbum: una entrega tersa que habla de una luz que se abre paso al amanecer como si el mundo ya estuviera completo.

Su madre, Molly, quien también compuso y cantó algunos temas caseros en los años 50 y 60, escribió en su diario tras escuchar entero el disco de Nick: “Siento que estaba despidiéndose”.

Quienes merodeaban su órbita en aquellos meses describían a un muchacho cada vez más retirado del mundo, más vulnerable y entregado al silencio. Pasaba los días entre pastillas y habitaciones cerradas, envuelto en una tristeza que adoptaba la forma engañosa de la calma. Así llegó el final: sin ruido, sin golpes de efecto, sin puertas que se azotan. Una despedida en voz baja. Un apagarse sin dejar huellas.

Cinco años antes Nick había escrito “Hazey Jane II”, una composición donde todavía había pulso, movimiento, una curiosidad palpable y ventanas abiertas. Se trazaban senderos hacia el deseo, la vida y las promesas de pertenencia. En Pink Moon, en contraste, la velocidad bajó y el desaliento se convirtió en su gran acompañante.

En noviembre de 1974 Drake murió por una sobredosis de fármacos y antidepresivos, a los veintiséis años. Atrapado por siempre entre versiones de accidente y suicidio fue en una de las habitaciones de la casa de su madre Molly, sin esperar más ni pretender adherirse a los astros inscritos en el Club del 27. “From the Morning” quedó entonces un punto final austero de cadencias folk, melódico, susurrado, cercano pero en voz baja.

Acaso el tímido Nick amaneció en otro sitio, uno atiborrado de serenidad y de medias noches con lunas rosas, un lugar donde le fue posible andar a sus anchas con las manos metidas en los bolsillos y escribir sin hablar ni discutir con nadie.

Y ser él. Y dejar de ser en el momento que quisiera.

So look, see the sights, the endless summer nights, and go play the game that you learnt from the mornin’…

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