La historia detrás de las más grandes canciones

‘Hágase la luz’

“Los primeros diez versículos del Génesis son base de muchas religiones del mundo, no solo de la cristiana… por eso nos parecieron propicios para una audiencia planetaria”.

Jim Lovell evocó así el viaje del Apollo 8, una misión en la que la humanidad se escuchó por primera vez desde fuera de su propia casa. En la Nochebuena de 1968, él, Frank Borman y Bill Anders dieron vueltas alrededor de la Luna y miraron la Tierra desde una distancia capaz de cambiarlo todo.

Mientras la Tierra lucía entera, tímida y brillante frente a sus ojos, los astronautas decidieron abrir una Biblia y recitar el Génesis. Una voz sonó potente al declamar el punto cero de todas las épocas. Fue Anders quien arrojó esa frase que cruzó siglos y kilómetros: “Hágase la luz”. En ese instante, la sentencia antigua halló un nuevo contexto al ser pronunciada, una señal viajando por el espacio para caer sobre las salas de estar del planeta entero.

Y con los años, aquella voz se cruzó también con otro apasionado del infinito que quiso aprovecharla: Mike Oldfield. En 1994, el músico dio forma a The Songs of Distant Earth, un álbum inspirado en la novela homónima de 1986 de Arthur C. Clarke, como si la ciencia ficción le ofreciera un mapa para traducir en sonido la soledad del espacio. El compositor de la introspectiva “Tubular Bells” y de la radiante “Moonlight Shadow” reconoció en el viaje del Apollo 8 un umbral: la misma luz del Génesis inaugurando, a la vez, la lenta despedida de la Tierra.

En 1995, un capítulo de dicho álbum se volvió single, el cual fue presentado en televisión por su autor. “Hola, soy Mike Oldfield y están viendo VH1. Primeramente, vamos con… ‘Let There Be Light’, un tema que escribí siguiendo la línea de un libro de ciencia ficción de Arthur C. Clarke, el final de la Tierra cuando el Sol se convierte en una supernova…”, contó el británico. “Hace tiempo pasé un día muy agradable en Sri Lanka con Arthur, cosechando ideas para la música”.

Así, lo que los astronautas dijeron al borde de la Luna en 1968 empezó a moverse por otras tuberías terrestres. Más que una transmisión, la lectura se volvió una pieza aderezada con una guitarra frágil y delicada.

En la época en que The Songs of Distant Earth buscó un lugar entre el brío del britpop y las guitarras sucias del rock alternativo, Clarke envió un fax a Oldfield, felicitándolo por su producción de 1994, contándole que había oído el disco completo en cuatro ocasiones.

Para mediados de la década de los 90, los tres hombres de las estrellas que habían leído el Génesis alrededor de la Luna seguían vivos. Con más de sesenta años, pertenecían ya al firmamento de la nostalgia donde a diario se batalla con los olvidos, pero en su alma se mantenía alojada y a salvo la imagen fija de un planeta azulado, mudo, bello y sereno, como si ningún estruendo le arrebatara la siesta.

La distante voz de Anders, lanzada sobre un océano de estrellas, regresó a la Tierra transformada en canción. Ya no era solo un eco de 1968 ni una simple transmisión espacial, sino una memoria viajando por cables, agujas y parlantes. En algún punto entre Dios, el firmamento y una guitarra, la humanidad volvió a escucharse a sí misma diciendo: que exista la luz.

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