
En la isla de São Nicolau, Cabo Verde, dos hombres suben a un barco que dibujará surcos de agua salada rumbo a São Tomé y Príncipe. Es julio de 1954. Detrás queda un archipiélago de islas volcánicas que ha cultivado miles de despedidas porque el hambre y la sequía lo obligan a hacerlo. En esos años, miles mueren y otros tantos parten: islas enteras se vacían hacia plantaciones lejanas donde el imperio portugués necesita brazos. En el muelle nadie promete regreso. El océano administra las ausencias.
Colonia portuguesa hasta 1975, Cabo Verde no es cabo ni tampoco es verde. Se la vive entre ocre y marrón, flotando en el Atlántico a más de seiscientos kilómetros de África. Un territorio a medio camino entre mundos: Caribe africano por ritmo y calor, Brasil en miniatura por mezcla y música. Diez islas donde el viento y la sal delinean el paisaje. Durante siglos, un murciélago grisáceo fue el único mamífero que las cruzó bajo noches calladas y estrelladas. Después llegaron los humanos. Luego los barcos. Y con ellos, una historia que convirtió al puerto en destino y a la despedida en modo de vida.
En una casa cercana, Armando Zeferino Soares, guitarrista autodidacta de São Nicolau, hombre modesto y bohemio, toma una guitarra. Años después dirá al semanario caboverdiano A Semana: “Aquella canción, ‘Sodade’, la escribí para unos amigos que se marchaban. Era una despedida.”
“Sodade” proviene de una escena que carga un mundo: el envío de miles de caboverdianos a la África continental como trabajadores “contratados”. Muchos de ellos no encuentran retorno, otros tantos acaban tragados por el tiempo y la distancia.
En criollo, sodade nombra algo que se requiere explicar más de una vez: extrañar a alguien que quizá ya no existe. Por eso, la pieza compuesta por Alfredo inicia con una pregunta que pide cuentas al destino: “Quem mostra bo ess caminho longe?” (“¿Quién te mostró ese camino lejano?”). Y más adelante, salpica la nostalgia por el origen, por la amada isla que quedó atrás: “Sodade, sodade, sodade dess nha terra São Nicolau”.
Casi cuarenta años después, Cesária Évora, la gran diva de Mindelo, la ciudad portuaria más importante de Cabo Verde, encuentra en las luces de París el escenario perfecto para hacer discos que le canten a la melancolía. Ahí graba “Sodade” en 1992, como parte del álbum Miss Perfumado, en pleno auge de la world music. Descalza como raíz que se nutre de la tierra sin intermediarios, sus pies desnudos cargan el recuerdo de los muelles. En su voz grave y amiga de la brisa, se mece el trópico, las noches con estrellas mironas y todas las ausencias que Cabo Verde aprendió a archivar. Quienes la escuchan se llenan de alegría y rompen en llanto. Todo en pocos minutos. Por eso, su país la llama Reina de la morna, música que sintetiza las jornadas arduas en las tierras cálidas. Entre abundante aguardiente y no menos tabaco, Cesária confirma que en Cabo Verde la memoria es vasta y la nostalgia, incalculable. En entrevistas posteriores dirá que ese género expresa “la vida dura de nuestro pueblo” y que “Sodade” refiere a “la gente que se va y deja todo atrás.”
Durante décadas, mientras la canción recorre continentes, mares y radiodifusoras, el nombre del autor del tema permanece fuera de los créditos de forma inexplicable. Es hasta diciembre de 2006 cuando un tribunal reconoce finalmente a Armando Zeferino Soares, quien solo disfruta de tal certificación cuatro meses: muere en abril siguiente de 2007, como si el destino apenas hubiese alcanzado a devolverle su nombre a tiempo.
Lo que queda de la historia del gran himno de Cabo Verde es el mismo núcleo: dos hombres que suben a un barco, una economía colonial que reclama cuerpos fuertes y una isla que se queda mirando. Y en medio de todo, la bellísima “Sodade”, cantada por Cesária, para expresar lo que las aguas se han llevado y lo que jamás volverá. Aunque muchos crean que sí.
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