
“El house es sexo.”
El moreno de Chicago no lo decía para provocar, sino para explicar lo que ocurría cada noche al programar su gran hit, entre el hielo seco y las luces intoxicantes que maridaban con su set.
El ritual crecía. Hacia el cuarto minuto, la melodía de “French Kiss” se ralentizaba gradualmente y parecía marcar el final de la canción. Sin embargo, lejos de hallar tregua y marcharse por un trago que les permitiera descansar los muslos, las parejitas permanecían en la pista porque el silencio definitivo no llegaba.
Aquel track de 1989 no se desvanecía con el cambio de aguja. Sin que nadie lo esperara, todo retomaba vuelo con intempestivos gemidos sexuales, rítmicos, amplificados. El responsable de semejante jugarreta que avergonzaba y excitaba a partes iguales era el DJ y productor Lil Louis.
Apodado por muchos como “padre fundador del house”, manejaba la consola como un mago físico antes que escénico. Alto, corpulento, cabeza rapada, barba a ras, hombros anchos, mentón de acero. Contrario a las lumbreras de las tornamesas, el capo vestía de oscuro y se movía lo indispensable, observando la pista con la atención de un búho para identificar reacciones químicas.
Tenía veintisiete años cuando publicó la pieza del beso francés, un instrumental de diez minutos, vitamínico y adictivo. Su audacia no provenía de la pose, sino de las visiones del baile colectivo calibrado en vivo y en directo.
La estructura de “French Kiss” se pensó con la lógica de una emboscada. A partir del quinto minuto, el frenético beat empezaba a menguar hasta casi desaparecer. Y cuando los danzantes entendían el descenso como una inminente despedida, los sorpresivos gemidos de una chica les hacían cancelar la huida. De pronto, el alcohol podía esperar; el cuerpo, no. La agitación de la damisela —se dice que era una operadora profesional de sexo telefónico— alimentaba el ambiente y calentaba el bodegón. Y el astuto Lil, coqueto y tantas veces descamisado, era declarado rey de la madrugada desde lo más alto del antro, ordeñando adoración.
Cuando “French Kiss” saltó de los clubes a la radio, el choque fue inmediato. En Reino Unido llegó al segundo lugar del chart, pero la BBC sintió su moral mordisqueada y extirpó el corte de la programación, mientras que medios como The Guardian publicaron: “Es un tema creado alrededor de gemidos orgásmicos, en extremo explícito para la radio diurna”. Para culminar, el célebre conductor John Peel tampoco se guardó la bala: “Este espléndido disco degenera en la secuencia de orgasmos que finge una mujer, una verdadera lástima”.
Lil Louis no reculó ante los arpones y unos años después concluyó que el escándalo alrededor de su himno confirmaba una obviedad vieja, clandestina y deliciosa: “Las parejas ya hacían esas cosas en la pista; mi canción solo las hizo sonar”.
Se pensaría que, antes de que terminara la década de Reagan y Thatcher, la excitación encontró por fin su banda sonora, su compás y su santuario. Antes, sin embargo, subieron la temperatura Serge Gainsbourg, Jane Birkin y Donna Summer. “French Kiss” se unió a esa lista de creaciones en favor de los desvelados fogosos y existió para animar la humareda, acelerar el baile sugerente y desatar la hora del cachondeo. Ese rato en el que nadie quiere irse… porque el cuerpo ya decidió quedarse.
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