La historia detrás de las más grandes canciones

Robert Johnson, un cruce y tres tumbas

En Mississippi, tres tumbas reclaman el nombre del guitarrista que habría muerto por ingerir whisky envenenado. En la Iglesia Bautista Misionera Monte Sion, cerca de Morgan City, una lápida lo proclama “Rey de los cantantes del blues del Delta” y afirma que su música tocó el alma de millones. En el Cementerio de la Capilla Payne, en el condado de Quitman, no hay inscripción, solo la persistencia de la memoria. Y en la Iglesia del Pequeño Sion, en Greenwood, una placa se limita a indicar que “Yace sepultado en algún punto de esta zona”.

Tres sitios, tres versiones. Se cree que sus restos quedaron en el Delta; la polémica también.

De Robert Johnson sobreviven tres fotografías teñidas de misticismo. Con eso, y un puñado de veintinueve canciones imperecederas, se acerca a los cien años muerto sin estar del todo enterrado. En ese territorio donde se disputan sus restos conviven el rumor, la intersección de caminos y un supuesto pacto con el diablo que explicaría un talento súbito, inaudito e imbatible.

Johnson murió en 1938, a los veintisiete años. No dejó entrevistas ni memorias sobre su obra. Ese silencio permitió que muchos hablaran por él y ordenaran el vacío a su manera. Así creció la leyenda y engordó la fantasía. El bluesista itinerante de los ojos caídos terminó existiendo como una figura borrosa con sombrero, casi muda, más cercana a un espectro que a un músico de carne y hueso. Para muchos, fue antes un gran fantasma que un guitarrista rural.

El 27 de noviembre de 1936 grabó “Cross Road Blues” en la habitación 414 del hotel Gunter de San Antonio, supervisado por el productor Don Law. Según algunos testimonios, cantó mirando a la pared y tocó una guitarra Kalamazoo, aunque no hay certeza absoluta. Las dos tomas grabadas ese día rebasan los dos minutos, suficientes para fijar una escena que ya no se movería: “I went down to the crossroads, fell down on my knees…

Piedra angular del blues y el rock, la canción habla de un nómada llamado Bob que para en una encrucijada, se arrodilla y pide ayuda. Las letras no detallan cómo llegó ahí; su pasado es invisible. El cruce funciona como lugar físico y como umbral de una decisión crucial. Pero el sujeto nunca cruza.

La guitarra acompaña las frases cortas. Johnson administra el tiempo con templanza, sin dramatizar ni intentar resolver. La lírica no insinúa pactos ni invoca demonios. Muestra, simplemente, al hombre cubierto por el atardecer, sin hallar respuesta a su súplica y mencionando a su amigo Willie Brown. Eso quedó registrado en el corte que vio la luz en 1937. Y nada más.

Décadas después, Eric Clapton escuchó la grabación y afirmó: “Sonaba como un hombre completamente solo, enfrentándose al mundo”. No habló de acuerdos sobrenaturales, solo de la toma que le hizo arrebatarse de admiración por Robert y que lo llevó, junto a los otros Cream, a detonar la versión definitiva de “Cross Road Blues” el 10 de marzo de 1968 en el Winterland de San Francisco.

Son House, contemporáneo de Johnson, recordó con sinceridad incómoda el mito alrededor del cándido y mujeriego músico: “Cuando Robert tocaba la guitarra, era bastante malo, la gente se reía de él. Después, desapareció por un tiempo y cuando volvió, era un guitarrista totalmente distinto. Nadie entendía cómo había aprendido a tocar así”.

Pese a la leyenda del cruce de senderos donde Robert habría vendido su alma al diablo, en la composición perduró una idea más prosaica: la del viajero postrado frente a la intersección, sin espíritus susurrándole al oído.

Casi un siglo después, la historia está ahí, suspendida, como las tumbas que reclaman un cadáver, como el forastero que nunca cruzó y como el guitarrista de veintisiete años que se ganó la vida en los tugurios rurales y murió bebiendo whisky con naftaleno, sin explicar nada.

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