La historia detrás de las más grandes canciones

Mercedes y Aurora

“Me estoy muriendo”.

Sin metáforas ni aromas literarios, el aviso resuena en la agonía, susurrado por una voz apabullada, entre dolores y temor, en una cama de hospital.

Con veintiséis años, el 6 de septiembre de 1954, Mercedes Casanovas pronuncia esas palabras en su natal Panamá. Tres días antes nació su hija Aurora. Tres días después, una poliomielitis invade todo y arremete como verdugo que no conoce límites.

Aún afligida, Mercedes abre un hueco en los minutos definitivos y llama a su cuñado para darle un encargo que es testamento y plegaria: que no abandone a su amado Fernando y que ambos cuiden de sus tres hijos. Luego muere.

Fernando se queda solo de una manera que no es palpable desde afuera. La casa que compartía con Mercedes, esa joven dos años mayor que él, a quien conoció siendo meros vecinos en el casco viejo de la capital, sigue en pie, pero cambia el aire que zigzaguea entre los muebles y las paredes. La muerte se ha llevado el modo y las maneras de estar en una habitación, de existir al vacío y de respirar el silencio.

Entonces, el cuñado de Mercedes, Carlos Eleta Almarán, con los párpados pesados y la zozobra machacándole, toma asiento frente a un piano y sin saber de partituras, tantea, tropieza y vuelve a tantear. No hay técnica, pero la congoja basta. Y así, poco después, en plena oscuridad, se abre una puerta: “Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma solo tengo soledad”. Y luego… la pregunta que calcina los huesos: “Y si ya no puedo verte, ¿por qué Dios me hizo quererte?

La canción nace como una confesión íntima, pero el destino, que más de una vez actúa como un pequeño malcriado, decide otra cosa. En 1955, el argentino Héctor Varela la mece en un bello tango, y un año después, el trío mexicano Los Panchos crea su versión y hace que esta especie de carta privada remojada en el dolor de una familia panameña cambie de escala. Con tales exponentes, un apellido y una cama de hospital se convierten en coro continental, en idioma común, en un clásico que nunca morirá.

Décadas después, Aurora Eleta Casanovas habla con una periodista de la BBC con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con la historia de un amor trunco. “Mi tío Carlos siempre me dijo que Leo Marini (con la Sonora Matancera) fue el primer cantante en grabar ‘Historia de un amor’ y que, en 1955, el gran músico panameño Lucho Azcárraga le pidió permiso para tocarla en un barco que salía de Venezuela hacia el sur”, dice. “Es una emoción muy grande saber que ‘Historia de un amor’ sigue viva. Fue hecha en homenaje a mi madre y mi tío me decía: ‘Tú eres producto de esa última etapa de tu madre’. Por eso, escucharla siempre ha sido algo entrañable para mí”.

La emoción de Aurora destila sonrisas y llantos. Y cómo no. Canciones con tales orígenes jamás desembocarán en cicatriz, pese a la caricia que causan los aplausos aquí y allá.

Ciertamente, “Historia de un amor” lacera, pero hace que Mercedes siga viviendo, siga estando, siga enamorada de su querido Fernando. Joven por siempre, congelada en el tiempo, con veintiséis años.

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