
Una bomba paracaídas detonó cerca de su apartamento en el número 32 de Duke’s Court, en Duke Street, St. James, Londres, durante la madrugada del 17 de abril de 1941. La onda expansiva atravesó el edificio mientras dormía y arrasó con todo. La vida de Al Bowlly se detuvo a los treinta y siete años.
Londres llevaba meses aprendiendo a dormir vestida, a escuchar las sirenas como parte del paisaje nocturno y a aceptar que la muerte podía manifestarse en cualquier calle, sin aviso.
Al día siguiente del estallido, la noticia apareció en la prensa inglesa con un encabezado breve. “Al Bowlly also killed”, tituló el Morning Tribune. La guerra no ofrecía escenarios ni despedidas. Se llevaba a las personas y continuaba su avance.
Para entonces, la voz de Bowlly ya había quedado a salvo en los discos. Años antes, en 1934, el británico nacido en Mozambique había registrado “Midnight, the Stars and You”, una balada escrita por Harry M. Woods y grabada con la orquesta de Ray Noble, quien entendió que la música de baile también podía aprender a retirarse.
Aquella pieza parecía haber sido concebida para el final de la noche, cuando la pista queda casi vacía y uno que otro insiste en seguir bailando para prolongar la madrugada. No era música de celebración, sino de acompañamiento para quien supiera que la noche no iba a ofrecer más novedades ni sorpresas.
Y Bowlly así cantaba. Dejaba que el micrófono lo acercara al oído de cada invitado, incluso en medio de un salón grande. Su forma de actuar pertenecía a una nueva era: la del susurro amplificado y la de la intimidad frente a las grandes voces que buscaban imponerse sobre las notas de la orquesta. El historiador Brian Rust escribió que su voz “siempre suena como si estuviera desvaneciéndose”, mientras que el propio Noble lo resumió con más emoción: “Poco importaba que Al te hiciera llorar; podía hacerse llorar a sí mismo”.
Décadas después, el cineasta Stanley Kubrick reconoció esa cualidad al utilizar “Midnight, the Stars and You” en el inolvidable filme The Shining, dejando que la música se apoderara de un salón vacío como si se tratara de una presencia persistente, opuesta al tiempo y a la muerte.
Pero Bowlly no solo endulzó los desenlaces de esa y muchas otras fiestas. Cantó irónicamente el anhelo del cese de la Segunda Guerra Mundial: el 2 de abril de 1941, solo quince días antes de morir, grabó su última canción, “When that Man is Dead and Gone” de Irving Berlin, a dueto con Jimmy Messene.
La composición hablaba de un sueño colectivo: el día posterior a las sirenas, a los bombardeos, al miedo que envolvía, sin excepción, los días y las noches. En el cántico, Al evitaba mencionar nombres porque era más riesgoso que innecesario. En aquel contexto, todos sabían a quién se refería. El título estaba dirigido a un futuro abstracto, un mañana pacífico y sereno, ese que Bowlly ya no alcanzaría a gozar. Porque el destino del crooner quedó sellado en aquella habitación londinense, destruida durante el Blitz. Lo que sí alcanzó ese tiempo futuro fue su grabación, entrañable e inmortal, una voz de terciopelo suspendida, aguardando un día feliz.
Al cantó siempre desde el después. Su música es la prueba de que alguien estuvo ahí.
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