
A los cuarenta y seis años Alfonsina Storni se volvió agua salada.
En sus últimos meses escribió con una claridad extrema. Observó el cuerpo y lo encuadró en el tiempo. Desde 1935 convivía con un cáncer imbatible. La mastectomía le dejó marcas visibles y la certeza de que la vida se había hecho quebradiza.
En octubre de 1938, viajó sola a Mar del Plata, no sin antes enviar a la redacción del diario La Nación un poema breve titulado “Voy a dormir”. El texto de seis versos apareció publicado tras su intempestiva muerte: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera; una constelación: la que te guste; todas son buenas; bájala un poquito. Déjame sola: oyes romper los brotes… Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.”
La madrugada del 25 de octubre, la argentina nacida en Suiza caminó hasta la Escollera Sur.
Para 1938, aquel rompeolas artificial era una estructura larga y angosta, un brazo de piedras apiladas que contenía —inútilmente— las aguas. Quien optara por caminar hasta el extremo asumía que la ciudad quedaba atrás, que nadie interrumpiría la exposición al viento frío ni al oleaje inclemente.
Y desde ese límite entre tierra y agua, Alfonsina se lanzó al mar. Las olas, caprichosas y volubles, no la engulleron por completo: horas después, su cuerpo fue encontrado cerca de la playa La Perla. Entonces, la prensa local unió el rompecabezas. El poema enviado y la noticia de su suicidio compartieron imprenta y edición. Así se entendió la magnitud de la pérdida.
Storni fue una de las grandes poetas de la lengua española, voz fundamental del modernismo tardío y del primer feminismo literario latinoamericano. Su obra la sostuvo; su muerte la fijó en un lugar del que no se sale.
Con los años, su figura fue acercándose al mito. En poquísimas entrevistas su hijo Alejandro recordó a una mujer que le enseñó a mirar con pausa y profundidad y a reflexionar sin necesitar demasiadas respuestas.
Ariel Ramírez, compositor y pianista, y Félix Luna, historiador y letrista, escribieron la canción “Alfonsina y el mar” en 1969, convencidos de trasladar figuras de la historia argentina a la música popular, y ciertos de que Alfonsina debía ser evocada lejos del episodio trágico que la había hundido en el agua. Contra lo esperado, la zamba fue su respuesta a esa intención.
Ese mismo año, Mercedes Sosa la grabó como parte del disco Mujeres argentinas. Con treinta y cuatro años, la cantó en plentitud, destilando emoción sin excesos ni sobrantes. Y desde 1969, toda versión posterior debió dialogar con su lectura: la de Nana Mouskouri, llevándola a otras lenguas, o la de Caetano Veloso, devolviéndola al susurro.
Con el tiempo, “Alfonsina y el mar” se volvió una composición mayúscula que trascendió el cancionero argentino y se instaló en la cima del acervo latinoamericano tras abrir con incuestionable belleza un espacio en el que la vida y la muerte pueden compartir cama en silencio.
Alfonsina cayó al mar, habiendo tenido en la piedras a sus últimas cómplices. Las que callaron, las que no evitaron que dejara de ser piel y se hiciera espuma salada.
Su canción quedó ahí, en la orilla, aguardando su regreso, año tras año. Sin fin.
“Y si llama él, no le digas que estoy, di que Alfonsina no vuelve…”
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