
Salvaje y accidental, un riff invertido de “Taxman” de The Beatles flotando en el aire como un abejorro curioso y errante.
Gary Mounfield -Mani para los amigos en la eternidad- lo hacía sonar con la indiferencia de quien juguetea con fuego sin siquiera pensar que puede desatar un incendio.
Alan John “Reni” Wren, el baterista de The Stone Roses, recordaba tan pintoresco momento en la historia entre risas en una conversación con el portal Songfacts: “Mani solía tocar el riff al revés durante las pruebas de sonido y nosotros nos sumábamos a su idea porque nos parecía divertido. Un día dijimos: ‘Hagamos esa canción de broma un poco más en serio y veamos qué pasa’”.
Mucho pasó.
Entre “Taxman” y “I Am the Resurrection” hay veintitrés años de distancia, pero en ese abismo se incubó una piedra preciosa que respondió más al azar que a la lógica. Y ese chiste ocioso se convirtió en el sencillo monumental de ocho minutos que remató en lo más alto el disco debut de los Roses.
La extensión del track obedeció a la decisión de incluir una salida de cuatro minutos que no resultaron adorno ni exageración. Una última y majestuosa andanada de pulsaciones colectivas y vibrantes como coletazos de serpiente, como si la canción se negase a morir y, súbitamente, resucitara. Como el combo “Brain Damage” y “Eclipse” de Pink Floyd, pero en una sola composición.
“La banda lo había ensayado tan bien a partir de las maquetas que John Squire preparó que aquel outro fluyó de manera muy natural en el estudio”, reveló el productor John Leckie.
El banderazo del corte es una sentencia que contiene mordidas de urgencia por liberarse de un romance a todas luces tóxico (“Down, down you bring me down…” y “No room for you inside my house…”) que rápidamente se ahoga en un mar de guitarras y percusiones, mientras Ian Brown descarga su despecho hacia la respectiva más allá de cualquier frontera: “Your tongue is far too long, I don’t like the way it sucks and slurs upon my every word…”
El impacto fue histórico. Dentro del movimiento Madchester, esa explosión en el final de la década de los 80, “I Am the Resurrection” emergió como una oda al amor propio en la que se licuaron como nunca antes el rock, la psicodelia y el funk con trocitos de house ácido. Germinó, así, la semilla de lo que alguien denominaría “britpop”.
El single que surgió en el instante más improbable se consolidó en los remolinos de la improvisación y creó una narrativa aplastante que legitimó a todo un género naciente que poco después alcanzaría su cumbre con los hermanos más famosos y malencarados de Manchester. “Sin ese disco, Oasis jamás hubiera existido”, declaró Noel a Gallagher cuando el éxito ya lo había vuelto millonario.
Un riff invertido, una carcajada en un ensayo, y, de pronto, el Reino Unido tiene un documento llamado “I Am the Resurrection” que, pese a su inmensidad, no es más que la respuesta carente de clemencia para una chicuela inconveniente.
“Stone me, why can’t you see, you’re a no one, nowhere washed up baby, who’d look better dead…”
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