
«Jamás olvidaré ese año, 1989. Madonna estaba en la cima, Prince en el segundo lugar y nosotros en el tercero. Fue algo increíble. Habría sido interesante tener más hits de esas dimensiones. Si eres un verdadero artista, nunca quedas del todo satisfecho y esto te mantiene hambriento».
Así recordaba el impacto de «So Alive» su creador Daniel Ash, el músico con pinta de vampiro rockero -difícil no creer que su look haya estado inspirado en la pandilla de chupasangres liderada por Kiefer Sutherland en The Lost Boys– que fundó Love and Rockets casi tres años después de la disolución de Bauhaus.
Semejante trancazo, muy refrescante en la agonía de la década, parecía escapar a todo lo que había predicado la agrupación de rock gótico que antecedió a los Rockets encauzada por los caprichos y designios de Peter Murphy, un ser más oscuro que los abismos y los murciélagos. Librado de la lírica sombría y lúgubre de Bauhaus, Ash abrió las cortinas y dejó que algo de luz de pronto acariciara los rincones más oscuros, tanto que la canción más exitosa de su carrera, esa con aroma glam que llegó al tercer peldaño de la lista de popularidad británica, no hablaba del cadáver de Béla Lugosi, sino de una chica de otro mundo, una imposible.
«Fui a una fiesta un sábado por la noche y en el otro extremo del lugar, vi a esta mujer que me dejó sin aliento, algo un tanto raro porque acababa de casarme», reveló Daniel en una entrevista con el sitio Xsnoise. «Fue muy extraño porque quedé en total estado de estupefacción por ella, tanto que ni siquiera logré acercarme a charlar, simplemente me sobrepasó. Al día de hoy, es un capítulo que no puedo explicar como quisiera y por eso la primera línea dice… ‘I don’t know what color your eyes are…’, porque sólo terminé mirándola a distancia».
David J y Kevin Haskins, el otros par de desertores de Bauhaus, atajaron con entusiasmo la fascinación de Ash por aquella enigmática mujer y aprovecharon el momentum para encender la máquina y trabajar en la canción que aborda el encuentro que nunca se consumó. Cobijado por sus leales compinches, Ash sacó una botella de whisky, la sujetó con fuerza por el pescuezo, señal inequívoca de que esa noche nada mitigaría su ímpetu, y se encerró en el sótano del estudio de grabación para hacer el pulido final de unas letras que revoloteaban en su cabeza. A la mañana siguiente, los tres Rockets llamaron a las cantantes Lorna Wright, Sylvia Mason-James y Ruby James para que condimentaran el minuto final con ese «Du-du» muy a la Prince que convirtió a «So Alive» en un track irresistible y demoledor.
Entre muertes y resurrecciones de Bauhaus y Love and Rockets, Daniel pasó los siguientes treinta años recitando sobre las tarimas la canción que le hizo componer aquella mujer a finales de los ochentas. La chica sin nombre que lo hizo hizo sentir tan vivo como impotente. La de cabellos largos, cafés y con un campo de fuerza que mantenía a raya a nenes recién casados.
«Your strut makes me crazy, makes me see you more clearly; oh, baby, now I can see you, wish I could stop…«
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