
En el cuello de Brian Welch, el guitarrista de Korn con ojos de gato que carga rastas y el apodo Head, se lee un mensaje concebido para apaciguar huracanes internos: «Descansa todos tus problemas en mí -tu banda, tus adicciones- y no pondré culpa alguna sobre ti ni te condenaré por tu pasado«.
La tinta seca es el testimonio en la epidermis, pero el cambio real en la vida de Welch, por encima de pasajes bíblicos del evangelista Mateo, llegó cuando decidió tirar la armadura, destensar su mordedura rabiosa y abandonar al grupo californiano en la cresta de la ola, según su propia confesión a la revista Rolling Stone. «Tuvimos un montón de peleas al interior del grupo y mis amigos ya ni siquiera eran eso, amigos. Así que me marché. Esto coincidió con que en aquel tiempo estaba muy enganchado a las drogas y esto me importaba muy poco en los últimos años. Un día, metido en una enorme depresión, escuché a mi hija de cinco años cantar en casa ‘All day I dream about sex’. Ese fue el momento en que me oí decir… ‘Ya no quiero ser parte de esto’».
La cantidad de químicos en su torrente sanguíneo no impidió que Brian sintiese una tristeza tan repentina como profunda. La frase de su pequeña Jennea Marie, remojada en completa inocencia con los compases semilentos del corte “A.D.I.D.A.S.” como fondo, significó el quiebre de las fronteras.
La resaca fue larga y en 2005 Brian optó por abandonar el campamento Korn. Liberado, el californiano compró un boleto de avión clase turista, cruzó el océano con vestimenta carente de tonalidades oscuras y aterrizó en el otro lado del mundo con la única intención de meterse en las aguas del río Jordán, formación entre Jordania e Israel en la que fue bautizado el propio Jesucristo, personaje cuyo rostro, al menos el que ha subsistido en la visión occidental, guarda un parecido enorme con el de Welch: ojos claros, nariz afilada, barba mediana y cabello ligeramente ondulado cosquilleándole los hombros.
Ocho años antes de ese momento de rompimiento derivado del tarareo de su hija, Welch y los demás miembros de Korn habían compuesto «A.D.I.D.A.S.» con la idea de que el uso de puntuación en el título rompiera la obvia referencia a la marca deportiva y abriera el espacio a un mensaje cifrado por medio de un acrónimo: “All Day I Dream About Sex”. Así, ingeniosamente, la cuadrilla coronó un impetuoso track que habla de proxenetas y prostitutas sin dobleces ni poesía insulsa. “I don’t know your fuckin’ name, so what? Let’s fuck! All day, I dream about sex, all day, I dream about fuckin’”, canta Jonathan Davis, el carismático abanderado de un puñado de músicos que entonces malabareaban el reconocimiento de la crítica, las primeras caricias de la fama, la adicción a las drogas y una notable simpatía por la pornografía. Welch era, de hecho, el gatillero más afecto disfrutar de los revoltijos carnales capturados por una cámara, a menudo animado por un cóctel de metanfetaminas.
“Yo estaba desesperado y mi hija necesitaba a un padre funcional. Yo era un adicto. Ella fue el ángel que Dios envió a este mundo para que, de aquella manera, yo pudiese despertar. Ella fue quien me crió realmente”, dijo años después Brian, quien tras volver a Korn en 2013, pidió a sus compinches que “A.D.I.D.A.S.” dejara de incluirse en sus presentaciones en vivo, solicitud que tuvo efecto hasta el 5 de agosto de 2021. Esa noche, el hombre de las rastas y el rostro parecido al de Jesucristo dejó que los demonios revolotearan sobre Palm Beach, con él como testigo del delirio y fervor de miles de fans que anhelaban gritar eso en lo que piensan todo el día.
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