
Despeinados, desmedidos y con esas caritas que no han de ser las definitivas, los adolescentes toman la vida por asalto. Los viñedos de la aventura y la inexperiencia son exquisitos, adrenalínicos, excitantes. No hay indicios de cansancio. Pero unos años después, la vida se la cobra a ese batallón de chavales que ya no son porcelana inmaculada. Esta revancha trae sobrecarga: rupturas amorosas, arrugas anticipadas, la irrupción de una anomalía que los viejos llaman «nostalgia», arrepentimientos abundantes y los primeros sorbos de una adultez para la cual nadie está preparado.
En 2006, un Alex Turner de veintiún años miraba los azules ondulantes del mar desde un cuarto de hotel en el Mediterráneo. Evadido de todo bullicio, su contemplación estaba cercada por los afectos de su novia Johanna Bennett, quien le manoseaba las sienes a ritmo de galeón en alta mar y a riesgo de convertirlo en un zombi adormilado.
Pero a esas edades conciliar el sueño con maniobras táctiles es atentar contra la biología. El trance se cortó cuando los tórtolos acordaron reemplazar la modorra con un juego de agilidad en el cual debían pronunciar en el menor tiempo posible un sinfín de palabras que rimaran con «Tabasco”, salsa picante de origen estadounidense. «Empezamos a juguetear con esas palabras, cantándolas el uno al otro», contó en 2007 la morocha británica. «Comenzó como una broma y luego fue como un ‘Oh, aquí hay otro verso y otro y otro’. No parábamos de reír. Algunas de las líneas eran de ella», dijo por su parte Turner al semanario New Musical Express.
La bobada acabó convirtiéndose en «Flourescent Adolescent», una canción en toda norma firmada por los Arctic Monkeys, destinada a integrar el segundo álbum de la banda y a ser el explosivo remate de cientos de conciertos a medida que la cuadrilla se hacía mayor y consolidaba repertorios dignos de los pesos completos de Reino Unido. Alegrona y descarada, era el equivalente de «Mr. Brightside» y «Take Me Out», bombazos en directo de The Killers y Franz Ferdinand, respectivamente.
Para el final de la década, cuando el enjundioso single era citado entre las predilecciones de la feligresía Monkey, Johanna ya no viajaba con Alex ni organizaba con éste jueguitos que dejasen al descubierto su destreza lingüística. Se había casado con otro rockero, Matthew Followill, el guitarrista de los Kings of Leon, una banda que por esos tiempos coleccionaba sostenes haciendo sonar «Sex on Fire». Asaltada por los supuestos deberes de la madurez, Bennett se mudó al Nashville de Kitty Wells y Hank Williams para calentarse con el sol norteamericano y formar una familia. El nacimiento de su primer hijo con Matthew oficializó la extinción de las farras inglesas y el aroma a licor en las madrugadas fue reemplazado por el olor a leche materna. Las borracheras fueron opacadas por las rozaduras de piel y las noches siguieron siendo igual de elásticas, aunque la urgencia de arrojarse a la cama tuvo motivos muy distintos. El amor del pasado y la fluorescente adolescencia habían muerto. Los pediatras, y ya no los taberneros, eran parte de la agenda.
Turner se ensalzó a sí mismo («The best you ever had, the best you ever had… is just a memory…«) y tiró la piedra sobre el presente en el que alguien ha perdido el arrojo aventurero y ha ahogado la emoción en las aguas del aburrimiento («You used to get it in your fishnets, now you only get it in your night dress, discarded all the naughty nights for niceness…»)
«Escribo sobre mujeres. Todavía no he hallado una forma de evitarlo. Hay otras cosas sobre las cuales eventualmente llegaré a escribir, pero por ahora… se trata de chicas», admitió Alex al Evening Standard en 2013, un par de meses después de que Johanna recibió a su segundo bebé.
Los tiempos habían mutado, la vida se había cobrado su parte con intereses y mudanzas transcontinentales. Aquella anomalía a la que los viejos llaman «nostalgia» había engordado mucho y los coautores de «Fluorescent Adolescent» eran dos olas separadas por un océano. Su único enclave sería un bobo juego de palabras del pasado convertido en una canción donde él pregunta más de cuatro veces… «Where did you go?«
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