
Además del lunar junto a su barbilla, seña de nacimiento, en su niñez Sinéad lució costritas en las rodillas, una mejilla más hinchada y un ojo amoratado. Estas marcas, en contraste, no fueron culpa de la genética.
A muy corta edad, vivía ya en sentido contrario a sus amigos. Caso insólito: a la pequeña le aterraban las vacaciones. El verano, luminoso para la chaviza, era un callejón largo, tortuoso y a modo para que Marie, su madre, hiciera de las suyas y todos los miedos de la chiquilla se apilaran en la recámara.
Su libro Rememberings es fiel. Muchos de sus recuerdos aún son picotazos imposibles de sepultar. Jornadas de gritos y violencia doméstica que la niña guardaba en su mirada sin queja, como si sus ojos fuesen cajas fuertes donde todo entraba pero nada salía. Herméticos repositorios de un horror familiar, calamidades que por ser cotidianas se volvieron normalidad. Y entre tanto, Sinéad juró haber visto una vez a Jesucristo, quien le prometió devolverle la sangre que su madre le arrebató en cada incidente.
En los días previos al inicio del receso veraniego, O’Connor lloraba en los pasillos escolares, como si estos fuesen la última parcela de seguridad antes de ir a dormir al infierno. «Tengo que fingir que he perdido mi bastón de hockey porque sé que si lo llevo a casa mi madre lo usará para golpearme durante todo el verano. Quizá por eso prefiero el atizador de alfombras. Me hará desnudarme, me forzará a acostarme en el suelo y abrirme de piernas y brazos para golpear con el mango de la escoba mis partes íntimas«, escribió la tercera de cuatro hijos en sus memorias.
«Ella no estaba nada bien. Yo diría que estaba poseída, aunque no puedo asegurar que yo creyera en esas cosas. Mi madre emprendió una cadena de tortura. Sonreía cada vez que me lastimaba. La tortura duró hasta que decidí irme, a los trece años. Recuerdo que mientras me golpeaba, me obligaba a decir ‘No soy nada, no soy nada’», desahogó O’Connor en un cara a cara con el psicólogo Phil McGraw, mejor conocido como Dr. Phil.
Tras el enésimo episodio, Sinéad decidió cercenar su vida familiar. Como una francotiradora, esperó el momento justo. No mató a nadie, mucho menos a su madre. Solo jaló del gatillo, y del valor, y abandonó el nido, dejando tras de sí un agujero fino, como el que deja un tirador limpio.
La primera vez que escuchó «Nothing Compares 2 U», tema escrito por Prince para el proyecto The Family, quedó tiesa. Dos versos en particular le congestionaron el pecho al exhumar las manías de su progenitora, fallecida meses antes tras perder el control y estrellar su coche contra un autobús.
«All the flowers that you planted mama, in the back yard, all died when you went away…», fueron las líneas que destruyeron e inspiraron a O’Connor, evocando el jardín de su infancia, un terreno especial para su madre pero fangoso para Sinéad, porque más de una noche Marie la obligó a dormir entre flores y tallos, sin importar sus golpeteos en el vidrio, suplicando la dejase entrar a la casa.
Tantas heridas no podían desembarcar en algo que no fuese una obra estrujante. En 1990 Sinéad se apropió de «Nothing Compares 2 U», la grabó, la condimentó con un video que bien pudiese ser la Mona Lisa de MTV, y se embolsó el número uno en más de veinte países. Con la cabeza rapada, los ojos olivo temblando y el rostro limpio y sin moretones, la europea hizo que el mundo, completito, se enamorara de su belleza, su simetría y su angustia contenida pero visible.
Años después, O’Connor fue invitada por Prince a su mansión en Los Ángeles para cenar juntos y charlar de un tema obvio, una propuesta tan bizarra como perversa que culminó con Sinéad huyendo despavorida a media noche por el acotamiento de una carretera y el elegante autor de «When Doves Cry» persiguiéndola. Nunca antes adjudicarse una simple balada desató tales deseos de fraguar un crimen.
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