Amos, esclavos y The Velvet Underground

El inicio de «Venus in Furs» es un decir. No hay apertura real. El cuarto track del disco The Velvet Underground & Nico, el del famoso plátano warholiano, es un narcótico sonoro, un zumbido turbio que ya estaba ahí desde quién sabe cuándo. Escucharlo es como detenerse en un tabuco en la madrugada, entrar, abrir una gran cortina y toparse con una densa humareda de hachís y el aroma a piel sudada. Y luego ahí, detrás, advertir varios cuerpos calientísimos y enredados, semidesnudos y apretados con cuero, jugando al amo y al esclavo. Reguero de manoseos y golpes bajo las farolas. Sadomasoquismo en pleno, tintineando.

The Velvet Underground en estado puro. Un tema medieval, semilento, erótico y aterrador. No hay picos ni valles, todo está atrapado en la guitarra de Lou Reed afinada en una misma nota, el bajo degradado de Sterling Morrison, la pandetera de Nico y la viola eléctrica de John Cale que rechina tan extrañamente que pudiera ser cien cosas distintas: latigazos en serie, quejidos de un incauto siendo estrangulado o resortes de una cama a punto de romperse por dos (o tres o cuatro o más) amantes fogosos que la zangolotean sin piedad.

Ronnie Cutrone, artista, bailarín y alguna vez asistente de Andy Warhol, es uno de esos poquísimos que consiguieron sumergirse en los pantanos mentales del Reed de finales de los sesentas para sacarle una confidencia: «El sexo sadomasoquista me causaba fascinación, aunque no sabía nada al respecto. Tenía una curiosidad natural, así que le pregunté a Lou… «¿De qué trata ‘Venus in Furs’?» Y respondió… ‘Ah, ya sabes, sale de una novela basura’. Dije… ‘¿Dónde puedo conseguir una copia?’ Lou contestó: ‘Ah, sí, hay una tienda al final de la calle’. Así que fui y compré el libro».

Esas páginas «basura» de dominación y sumisión fueron escritas en 1870 por Leopold von Sacher-Masoch, de quien tanto los flamencos de la alta sociedad como los moradores del subsuelo y las alcantarillas bebieron el término «masoquismo». La historia ficticia del escritor austríaco se centra en Severin von Kusiemski, un hombre que se somete al maltrato de su amada Wanda hasta el día en que ella se marcha con otro.

«Shiny, shiny, shiny boots of leather, whiplash girlchild in the dark, comes in bells, your servant, don’t forsake him, strike, dear mistress, and cure his heart…«

Arropado por una Velvet casi en trance, el caradura Reed dobla ligeramente la voz y canta que está cansado (“I could sleep for a thousand years, a thousand dreams that would awake me…”) Un escape, un descanso de todos y de todo.

Paranoico, gruñón, volátil hasta ser indigesto para sus cercanos y mentalmente desvalijado por el fracaso comercial y la inminente ruptura de The Velvet Underground, el neoyorquino abandonó los laberintos de perversión, se alejó del rock y volvió a Long Island en 1970 para usar la cabeza de otra forma. Se sentó, pues, muy mono y muy encamisado, a trabajar como mecanógrafo en el despacho contable de su padre.

Un año de «normalidad», de escuchar el traqueteo de la máquina de escribir, de meriendas caseras a la misma hora y de “buenas noches, papás” fue suficiente suplicio. El poeta ojeroso del bajo mundo, ese transgresor que leyó Venus in Furs y lo volvió canción, recuperó pronto su salvajismo y se reencontró con la música y sus demonios, sus criaturas y sus perversiones, sus amos y sus esclavos, sus tugurios y sus altas temperaturas.

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